La sociedad de masas y el control de la opinión pública. Parte I

Por Ricardo Vicente López

Después de haber publicado, en esta columna, cinco notas [[1]] sobre los manejos de la guerra mediática, creo necesario analizar el contexto socio-histórico que fue preparando esas técnicas de manipulación, que hoy son el instrumento de la dominación global. Creo que es necesario hacer un poco de historia de todo ese proceso, para poder comprender en profundidad su estructura.

Parte I

El surgimiento de la sociedad de masas supuso un punto de inflexión en la historia de esos países. Este modelo se propagaría, primero, por el resto de Europa, luego por la América del Norte. Su influencia se haría sentir en gran parte del resto del mundo. La historia abría un nuevo capítulo caracterizado por la presencia insoslayable de un nuevo actor que demandaba cambios: los obreros del siglo XIX. La necesidad de reconducir a la población por los nuevos parámetros impuestos por las élites, supuso realizar cambios políticos, económicos, culturales e institucionales, adaptados a ese nuevo mundo para poder gobernar: una revolución social que colocaría a los dos grandes sectores (clases sociales) enfrentados en las condiciones que definía la revolución capitalista.

El concepto sociedad de masas nace con el propósito de describir un fenómeno socio-político nuevo. En la Europa de fines del siglo XVIII y principios del XIX; esta conceptualización pretende dar cuenta de los resultados de las novedades políticas que habían generado dos hechos, casi paralelos: la Revolución industrial inglesa (1760-1840) alteró los sistemas de producción, con la introducción de la máquina como un muevo fenómeno industrial que exigía un nuevo perfil de trabajador: el obrero fabril:

«Se denomina Revolución Industrial  [2] al proceso iniciado en el siglo XVIII en Inglaterra, por el cual la humanidad pasó de las formas de vida tradicionales basadas en la agricultura, la ganadería y la producción artesanal, a otras fundadas en la producción industrial y la mecanización. Ello propició un acelerado proceso de urbanización que alteró profundamente las estructuras económicas, sociales, así como la mentalidad de los hombres».

Y, en Francia, el estallido social, que culminó con el asalto a la Bastilla, que exigió una alteración profunda del sistema de gobierno en Francia, al derrocar la monarquía, dio lugar a la aparición de un nuevo actor: el ciudadano parisino:

«La toma de la Bastilla se produjo en París el 14 de julio de 1789. A pesar de que la fortaleza medieval, ya casi despoblada, que llevaba ese nombre, fue el símbolo del fin del Antiguo Régimen y el punto inicial de la Revolución francesa».

El concepto de gobernabilidad, si bien no era utilizado entonces, fue un modo de asumir que los cambios eran definitivos: El consentimiento de la población era indispensable para la práctica de gobierno. Esto no debe ser entendido como una democracia moderna, sino como la necesidad de contar con un pueblo que veía los cambios producidos al que intentaban mantenerlo calmo y manejable. El genio de Napoleón Bonaparte (1769-1821) sintetizaba este problema con esta frase:

«Solo hay dos fuerzas en el mundo: la espada y el espíritu… la historia nos enseña que la espada siempre ha sido derrotada por el espíritu… por tal razón la fuerza de un estado reside en la opinión pública, esta es la idea que la población tiene del propio estado».

Ello lo llevó a afirmar: “Tres periódicos hostiles son más temibles que mil bayonetas”. Todo esto me permite afirmar, y creo que este es un punto que debe rescatarse de la historia, que los analistas clásicos tiene siempre presente: «El surgimiento de las masas y su irrupción en los asuntos políticos es una de las razones principales por las que el estado moderno necesita de la propaganda». Dice el politólogo Nuño Rodríguez que:

«En la sociedad de masas la población conoce a sus líderes a través del sistema mediático y en el sistema mediático es más complejo ejercer una recia censura, como se podía ejercer en tiempos anteriores. El filósofo francés Jacques Ellul (1912-1994) afirma que si los líderes políticos quieren seguir su propia agenda deben presentar un engaño a las masas; deben crear una pantalla entre ellos y esas masas, donde se proyecten sombras que representen un tipo de políticas, mientras la política real se realiza desde otro escenario».

No puedo sustraerme a contarle, amigo lector, el paralelo que encuentro entre este consejo al político moderno con el relato que hace Platón (428.-347 a. de C.) en su libro La República. Propone la Alegoría de la Caverna [3] [representación en la que las cosas tienen un significado simbólico]. En ella relata lo siguiente:

«La caverna, es un espacio en el que se encuentra un grupo de hombres prisioneros desde su nacimiento, con cadenas que les sujetan el cuello y las piernas de forma que únicamente pueden mirar hacia la pared del fondo, sin poder nunca girar la cabeza. Justo detrás de ellos hay una hoguera cuyo resplandor ilumina la pared del fondo. Atrás, por un pasillo circulan hombres portando todo tipo de objetos. Las sombra de todo ellos, gracias a la iluminación de la hoguera, se proyectan en esa pared que los prisioneros pueden ver. Estos hombres encadenados consideran como verdad las sombras de los objetos, que son para ellos la realidad susceptible de ser conocida. Continúa la narración contando que uno de estos hombres fue liberado y obligado a salir de la caverna, de modo que se enfrentó a una nueva realidad: más clara y luminosa. Una vez que ha asumido este hombre esta nueva situación, es obligado nuevamente a encaminarse hacia el fondo de la caverna. Quiere contarle a sus compañeros que las sombras son un engaño: nadie lo cree y lo tratan de loco».

Amigo lector, lo invito a reflexionar sobre este relato y compararlo con el cuadro social en que vivimos, sobre todo desde la posguerra del siglo XX, en la que se consolidó el dominio de los  medios de información. Jacques Ellul nos propone trazar un paralelo entre nuestro hoy y la vida de la Atenas clásica. Con un sesgo de escepticismo, vencido por el poder arrollador de los grandes medios, aconseja a los políticos a colocar sus propuestas engañosas en una pantalla para ganarse la aprobación de las masas. El público masificado que se informa por los medios concentrados ¿no tiene ciertas similitudes con los encadenados? Y aquellos periodistas (que son muy pocos) que se atreven a desmentir a esos medios ¿son creídos?

Entonces, después de reflexionar sobre todo esto, ¿no deberíamos concluir que el Mito de la Caverna puede ser tomado como una alegoría sobre la realidad de los conocimientos y la información pública a la que acceden. Platón crea el mito de la caverna para mostrar, en sentido figurativo. Nosotros, que hoy nos encontramos encadenados dentro de una caverna pública global, desde que nacemos, y que la información que recibimos son como reflejos de la pared mediática.

Platón también usa esta alegoría para explicar la tarea del filósofo para guiar a las personas al conocimiento (educación), intentando liberarlas de las ataduras de la realidad de la caverna (mediática o educativa). Según este filósofo, la gente llega a sentirse cómoda en su ignorancia y puede oponerse, incluso violentamente, a quienes intentan ayudarles a cambiar. Tal vez, por esas razones, el haya tenido presente que su maestro Sócrates, que se encontraba con los jóvenes en las plazas y les enseñaba a pensar; pagó su osadía con la pena de muerte. Con medidas más sofisticadas, aplicando formas de violencia encubierta, reprimen a aquellos medios que hoy se atreven a criticar el sistema imperante: van siendo asfixiados financieramente o, en casos extremos, cerrados por alguna violación las leyes que castigan las graves infracciones como “no haber cambiado una lamparita que se quemó”.

Me atrevo a decir que el espacio público, dominados por la información de las grandes agencias internacionales, son la Caverna moderna de la que debemos intentar liberarnos.

[1]La guerra mediática es la continuación de la guerra militar por otros medios” Kontrainfo.com Partes I al V de los meses julio y agosto

[2] Los manuales de historia definen así lo que fue, en realidad, la revolución capitalista, lo cual oculta el contenido de clase que ésta introducía.

[3] Un análisis de este concepto puede encontrarse en la página www.ricardovicentelopez.com en mi trabajo De la caverna platónica a la globalización mediatizada en la Sección Biblioteca.