La economía del hombre medieval – una utopía realizada. Por Ricardo Vicente López

Por Ricardo Vicente López

Para definir con mayor precisión las distancias, y además las diferencias, que separan el mundo medieval (desde el siglo X hasta el XVI) del mundo capitalista moderno (a partir de la Revolución industrial hasta nuestros días) sin que se entienda que todo esto sucedió repentinamente, recurro al historiador inglés Richard H. Tawney (1880-1962), especializado en historia económica, para comprender mejor este tema:

La más fundamental diferencia entre el pensamiento económico medieval y moderno consiste, ciertamente, en que mientras éste último alude normalmente a la conveniencia económica, como quiera se la interprete, en la justificación de cualquier acto particular, política o sistema de organización; en cambio, el primero parte de la posición que supone la existencia de una autoridad moral a la que han de subordinarse las consideraciones de la conveniencia económica.

El enorme progreso al que se llegó, entre los siglos XI y XII, dentro del orden económico en las ciudades del norte de Italia, nos está hablando de un sistema económico que va mostrando algunas reglas de lo que después sería el capitalismo incipiente. Éste se iba apoderando de las relaciones internas y externas, entre ciudades, pero se mantenía dentro de las normas éticas de la herencia judeo-cristiana. Es decir, una relación relativamente armónica con el entramado social de valores de la cristiandad. Este pre-capitalismo, concepto que utilizo en su expresión más amplia y más abarcadora, en el cual comienza a asomarse un afán de lucro necesario, pero que es perfectamente compatible dentro del marco de solidaridad y respeto por la función social de la economía.

La autoridad encarnada en la Iglesia, consubstanciada con el espíritu de época, era la autoridad moral que observaba las conductas humanas. No quiere decir esto que no hubiera bribones, especuladores o estafadores, aun dentro de la misma Iglesia, pero éstos eran calificados de lacra, como una patología social; y ello era compartido por toda la comunidad. Los otros eran marginales al sistema de creencias y valores de aquella época. Debo hacer la aclaración de que se está hablando de la cultura de las ciudades, no del orden señorial que dominaba la zona rural con una cultura diferente. Una legislación minuciosa controlaba las desviaciones, y las castigaba.

Para nosotros, personas del capitalismo globalizado, puede surgir la pregunta ¿cómo pudo darse la desintegración de un modo de vida como ese para pasar a ese otro que nos muestra el capitalismo de hoy? Si el sistema de creencias estaba sustentado en la Fe, como muro de contención de ambiciones y deseos, ¿qué debilitó esa Fe? Una respuesta posible es que el deseo y la ambición son tan viejos como las primeras formas de estructuración de la sociedad en clases sociales. La riqueza, la envidia y la codicia que estas desigualdades despiertan las conocía el hombre desde la aparición del excedente económico, millares de años antes. ¿Cómo la ambición de ganancias se desbordó y deterioró el sistema de normas morales? Esta forma de preguntar, tantas veces utilizada para entender los procesos históricos, contiene una simpleza y una superficialidad que impide avanzar en la búsqueda de las mejores respuestas.

Planteado con otras palabras: el cambio histórico es la consecuencia de un deterioro que va resquebrajando el orden imperante lo cual posibilita el nacimiento de lo nuevo, éste está siempre en germen, dentro del viejo sistema. Todo ello se da por la concurrencia de una serie muy grande de factores, no siempre detectables. Posiblemente, durante los siglos XV y XVI Europa experimentó las consecuencias de la expansión y la conquista de las Nuevas Tierras. Este proceso dio lugar a una demanda de nuevas manufacturas e intensificó el intercambio con países y culturas distintas. Estas nuevas experiencias despertaron a los hombres de la quietud de la sociedad tradicional. Debe agregarse a ello, que Europa recibió un flujo de metales preciosos, como resultado de sus saqueos coloniales, que quintuplicó las reservas que poseía. Se abrió así un ancho cauce a la ambición que relajó las normas que contenían el sistema de la cristiandad feudal y el ordenamiento en las comunas aldeanas.

La dinámica que se instaura a partir de comerciar con regiones tan distantes fisuran la solidez de la moral comunitaria. A través de esas fisuras se filtran otros modos de pensar, otra tabla de valores y un obrar acorde con las prácticas de vida de una burguesía distinta. Esta otra, más ligada a la aventura, al tráfico comercial, a la especulación entre regiones muy alejadas y diferentes. Todo ello posibilita la toma de conciencia de las relatividades de las normas y costumbres. Abre camino a una moral individual, que va a encontrar después, en la Reforma eclesiástica, su justificación teológica.

El aventurero y el especulador aportan una osadía en el menosprecio de lo establecido y esa innovación y ese cambio, va empujando el límite de lo permitido; se afloja, entonces, el peso de las normas comunitarias y su validez. Nos vamos encontrando así, lentamente, con un trastocamiento de valores. La fuerza de lo nuevo sepulta la vigencia de lo tradicional. Estamos ante un nuevo orden social naciente. Otro sistema de valores impera para avalar la flexible moral de los mercaderes y especuladores.

Es tan amplio el abanico de tiempo que abarca este proceso de transformación, y de un ritmo incomprensible para personas como nosotros, invadidas por la vertiginosidad del reloj digital. Los cambios se fueron dibujando y realizando muy lentamente. Tal vez, el hombre de la época no pudo advertir todo lo que estaba ocurriendo, y sólo la distancia histórica nos permite sintetizar esos procesos para arrojar claridad sobre lo que estaba aconteciendo. Ponerle fecha al nacimiento del capitalismo dentro de ese cambio no es tarea sencilla y aquí los autores no se ponen de acuerdo.

Como ejemplo de las diferencias leamos la palabra, a mediados del siglo XIII, de Tomás de Aquino (1225-1274) en su Summa Theologica diciendo:

Según el orden instituido por la Divina Providencia los bienes han sido creados para abastecer las necesidades de los hombres. La división de los bienes y su apropiación en virtud de la ley humana no deben frustrar este propósito. En consecuencia, aquellos bienes que el hombre posee en exceso, lo debe, por ley natural, a los pobres.

Dos siglos después encontramos todavía en Martín Lutero (1483-1546), uno de los impulsores de la reforma religiosa en Alemania, expresiones contra, lo que podríamos llamar, el capitalismo embrionario y su materialismo mercantilista, criticando con severidad las nuevas prácticas sociales. Un tiempo después, en pleno siglo XVII, algunas corporaciones artesanales aparecen quejándose de las prácticas comerciales reñidas con los códigos comunales. Por otra parte, encontramos en el norte de Europa (Flandes, Brujas) ya desde los siglos XI y XII un importante flujo comercial e industrial con lineamientos y prácticas muy alejados de los modos de las comunas aldeanas medievales. Estas preanuncian un comercio internacional que comienza a regirse por las reglas que impone el manejo frío del dinero.

En definitiva, el panorama nos muestra un proceso muy complejo, que se presenta en distintos momentos y lugares, sin respeto de un lineamiento claro, en el que conviven constantemente formas y modalidades de la nueva y la vieja sociedad. Por lo tanto, y para los fines de esta nota, creo que más importante que poder marcar el punto de inflexión de la curva, es poder hacer una contraposición entre las dos sociedades. Intentar captar el estado emocional, el imaginario social, las diferencias espirituales que nos permitan reflexionar sobre los cambios históricos, con la vista puesta en el horizonte de un siglo XXI mejor a este presente.

 

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