
La guerra de Israel —dotado de uno de los mejores ejércitos profesionales del mundo con entre 90 y 400 bombas nucleares (dependiendo quién haga las estadísticas interesadas) y el mejor, hasta icónico, servicio de espionaje del planeta, el Mossad— contra los guerrilleros palestinos sunitas de Hamás, ya entró a su segunda semana de conflagración cuando se exhibe una franca escalada con tintes de amenazas nucleares.
4. Egipto, la mayor potencia militar del Mundo Árabe y su país más poblado, que se ha limitado más bien a una intermediación diplomática con Estados Unidos e Israel, con quien firmó un Acuerdo de Paz en 1979.
Tal sería el «primer círculo concéntrico» de la expansión del conflicto, cuyas ondas muy bien pudieran alcanzar en un «segundo circulo concéntrico» a dos países no-árabes, pero que apoyan la resistencia palestina, a su manera y en su muy peculiar estilo: la sunita Turquía y el chiíta Irán.
La asimétrica guerra híbrida entre Israel y la guerrilla de Hamás no es solamente militar, sino que comporta otros rubros en los que pueden participar otros países regionales en un «segundo círculo concéntrico», primordialmente centrado en todos los países ribereños del golfo Pérsico, donde destacan Irán y las seis petromonarquias árabes: Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Bahréin y Omán.
El presidente Biden sufrió una notoria afrenta cuando los mandatarios de Egipto, la Autoridad Nacional Palestina (la vieja OLP) y Jordania rechazaron reunirse con él debido al infanticidio palestino en el hospital Al-Ahli en Gaza.
Más allá del foco del teatro de batalla y su «primer círculo concéntrico», cabe destacar, entre sus múltiples variantes, la reciente visita mega-estratégica del canciller iraní Hossein Amir Abdollahian a su vecino marítimo, el príncipe heredero Mohamed bin Salman, es decir, el representante de una de las principales superpotencias gasísticas con el representante de una de las máximas potencias petroleras del planeta.
El canciller iraní exhortó a los 57 países de la Organización para la Cooperación Islámica con 1.800 millones de feligreses musulmanes, a boicotear la exportación de petróleo a Estados Unidos e Israel en reminiscencia al embargo petróleo árabe de 1973, de hace 50 años, debido a la guerra de Yom Kipur, cuando Estados Unidos respondió un año más tarde con la creación de la Agencia Internacional de Energía, con el fin de contrarrestar el poderío de la OPEP.
Hoy, 50 años más tarde, la OPEP ha pasado a un formato más creativo mediante la OPEP+, donde resalta la presencia de Rusia.
A mi juicio, uno de los principales barómetros geoeconómicos/geofinancieros de la guerra en curso se subsuma en las cotizaciones actuales de los binomios petróleo/gas y oro/plata que todavía se mantienen relativamente estables.
Curiosamente, antes del icónico 7 de octubre —sin perder de vista que el discurso incendiario del primer ministro Netanyahu ante la Asamblea General de la ONU fue lo que detonó la grave crisis regional cuando en forma infatuada se jactó de la inminente «normalización» de relaciones con Arabia Saudita, en sincronía con la exhibición de su mapa del nuevo Medio Oriente donde fueron borrados Gaza y Cisjordania, además de haber alardeado la disuasión nuclear de Israel contra Irán (este último punto fue borrado por su equipo de trabajo)—, la Administración Biden, que ha cosechado múltiples errores en su política exterior, se había acercado a Irán para reanudar las negociaciones de su contencioso nuclear que abolió el anterior presidente Trump para complacer a su yerno jázaro Jared Kushner y al premier Netanyahu, a quien, por cierto, criticó en forma acerba por sus acciones anteriores en la antigua Palestina, llegando hasta a declarar en estos días que la guerrilla chiíta libanesa Hizbulá es «muy inteligente».
Irán siempre ha sido el objetivo anhelado por los neoconservadores straussianos, en su mayoría jázaros, que controlan al hoy disfuncional Departamento de Estado en su guerra fallida en Ucrania, para derrocar a la teocracia chiíta, con o sin Gaza.
