
Por Juan Manuel de Prada
El descalabro del partido republicano yanqui en las recientes elecciones legislativas ha certificado la defunción de un fenómeno político que, lejos de constituir una alternativa real al progresismo, ha demostrado ser su más eficaz dinamizador. La estrepitosa derrota de los republicanos es la consecuencia lógica de una acción política fundada en la agitación estéril de antagonismos sociales y en la sumisión a los designios sionistas. En medio del naufragio, las palabras del vicepresidente Vance, achacando el fiasco a la desquiciada guerra con Irán, han puesto el dedo en la llaga de una verdad incómoda: el trumpismo, a la postre, actúa como el gran catalizador del regreso de los progresistas al poder. Lo que ocurrió durante el primer mandato de Trump vuelve a ocurrir ahora, confirmando un patrón cíclico donde la estridencia derechoide pavimenta el camino de la hegemonía progre.
En muchas de las propuestas originales del cantamañanas Trump anidaban ciertas intuiciones atendibles –semillas del Logos mezcladas con errores de bulto–, resumidas en el rechazo frontal a la agenda globalista. Sin embargo, pronto aquellas semillas del Logos quedaron transmutadas en cizaña venenosa: causas que por su propia naturaleza habrían podido ser abrazadas por amplias mayorías fueron presentadas de un modo tan odioso, chirriante e histriónico que terminaron arruinadas en el altar de la mercadotecnia electoral. Del mismo modo que la izquierda caniche utiliza a las minorías, al feminismo o a las corrientes ecologistas como ‘sujetos revolucionarios’ para generar dinámicas de conflictividad social que faciliten su asalto al poder, Trump canalizó las frustraciones legítimas de las clases medias americanas depauperadas para provocar antagonismos que, lejos de articular una antítesis cabal al progresismo, se han revelado como su mejor combustible.
A la postre, Trump ha logrado la deserción de gentes que, ante el dilema de comulgar con propuestas siempre pasadas de rosca o aceptar la ortodoxia sistémica, terminan refugiándose en la segunda opción; y paralelamente, ha enviscado a sus detractores, logrando su reagrupamiento cuando más desalentados estaban. La prudencia política exige el ejercicio de la discreción y el uso de lo que los clásicos llamaban la «disciplina del arcano», para debilitar al adversario. Pero el cantamañanas Trump se dedicó desde el primer instante a enviscar al progresismo con antagonismos gesticulantes que movilizaron sus terminales propagandísticas y mediáticas, entablando una aparatosa ‘batalla cultural’ que en el fondo es por completo inane, pues (aunque a simple vista parezca lo contrario) ambos bandos comparten premisas, como resulta patente en su común sumisión a los designios sionistas (aunque la sumisión desmadrada de Trump disfrace de discrepancia la sumisión más teatralmente comedida de los progresistas).
Y esa retórica del antagonismo promovida por Trump ha operado como el más formidable aglutinante para los progresistas, que además entregan su voto a personajes que en otras circunstancias tal vez ni siquiera se hubiesen podido postular. En este sentido resulta muy instructivo, por ejemplo, constatar que haya sido en el seno de las dinámicas de antagonismo generadas por Trump donde han triunfado reactivamente diversos líderes musulmanes. Y es que Trump actúa como levadura y acelerador del progresismo, que agitando su espantajo se puede permitir osadías –desde encumbrar musulmanes hasta azuzar las más estrafalarias alucinaciones ‘woke’– que hasta hace poco hubiesen resultado inconcebibles.
El paroxismo de este aceleracionismo trágico se ha alcanzado con la guerra de Irán, que ha sido la puntilla del descalabro electoral republicano. Donald Trump, que logró el triunfo electoral presentándose como un adalid de la paz y prometiendo atajar las guerras declaradas por sus predecesores progres y neocones, ha resultado ser el instrumento perfecto para que la patética sumisión del progresismo a los designios sionistas parezca en comparación –nadie lo ha sabido aprovechar mejor que el doctor Sánchez– asqueada reticencia y hasta gallarda oposición. A la postre, Trump se ha probado un pelele en manos de Netanyahu (¡ay, esas visitas a la isla de Epstein!), capaz de santificar las más aberrantes carnicerías en Gaza y de lanzar una agresión desquiciada contra Irán bajo la fórmula de un ‘ataque preventivo’ que sólo ha acarreado calamidades a sus compatriotas y, por extensión, al mundo entero; y cuya justificación última (el programa nuclear iraní) constituye una excusa tan burda como la patraña de las armas de destrucción masiva de Sadam Husein que esgrimió en su día Bushito (utilizamos el diminutivo para distinguirlo de su señor padre). El resultado real de esta desquiciada intervención bélica al servicio de Israel ha terminado por desatar el pánico bursátil y una inflación galopante que golpea sobre todo a esas clases medias depauperadas a las que supuestamente Trump iba a rescatar de las simas donde las había arrojado el desprecio progresista. Como diría Epstein, con refinada crueldad: «Así es como el judío gana dinero… dejando que los ‘goyim’ carguen con el mundo real». Es este escenario de sangre, frustración y crisis económica el que ha provocado la rebelión interna capitaneada por JD Vance, quien ha decidido soltar amarras (tal vez demasiado tarde) con Trump para salvar su porvenir político. Al atribuir la derrota legislativa a la desquiciada guerra de Irán, Vance ratifica el fracaso de un gobernante que prometió el fin del globalismo y ha terminado asumiendo sus causas más fétidas.
El cantamañanas Trump, a la postre, ha pavimentado con su soberbia y sus contradicciones el camino para el retorno triunfal del progresismo rampante, que se pavonea con renovados bríos y una legitimidad restaurada. Leonardo Castellani siempre alertaba contra los falsos mesías liberales que crean el caldo de cultivo para que, a la postre, los progresistas «gobiernen el mundo autocráticamente y con poderes tan extraordinarios que no los soñó Licurgo». La caída de Trump provocará un efecto acelerador sin precedentes en la agenda progresista, que además se percibirá por la mayoría como una apacible y benéfica ‘vuelta a la normalidad’. Así Trump, como sus epígonos más degradados, actúan sin darse cuenta (¿o tal vez lo sepan de sobra y se limitan a representar aplicadamente su papel?) en beneficio de la agenda que aseguran combatir.
