El 18 de octubre de 2019, o sea antes de que se diera la alerta sobre el Covid-19, un grupo de ‎personalidades participaron en una simulación sobre las consecuencias de una pandemia… con ‎todo financiado por la fundación de Bill y Melinda Gates.‎

El confinamiento generalizado, resultado de la reacción de los políticos ante la epidemia de Covid-‎‎19, ha favorecido una redistribución mundial de la riqueza a favor de un grupo de grandes actores de ‎internet –Microsoft, Alphabet (propietario de Google), etc. Simultáneamente, varios fondos de ‎inversiones –como Vanguard y BlackRock– que ya manejaban sumas astronómicas, al extremo de ser ‎capaces de imponer sus propios intereses a los Estados, se han convertido en propiedad de un grupo de familias. Y ahora las diferencias entre el volumen de riquezas que acumulan los súper multimillonarios y ‎lo que realmente poseen los pueblos han alcanzado proporciones estratosféricas. ‎

Las clases medias, que ya venían sufriendo una lenta erosión desde la caída de la URSS y el inicio ‎de la globalización económica, están en franco peligro de extinción. En la práctica, los sistemas ‎democráticos son incapaces de resistir ante tanto y tan abrupto desnivel en materia de riqueza. ‎

Como siempre sucede durante los periodos de cambio de sistema político, la clase social que ‎aspira al poder impone su punto de vista, en este caso se trata del transhumanismo, una idea ‎según la cual los progresos científicos van a permitir transformar la biología humana ‎hasta derrotar la muerte. Casi todos los individuos poseedores de las 50 mayores fortunas ‎del mundo parecen padecer esa obsesión. Esos personajes piensan que si la ciencia sustituyó ‎las supersticiones, la técnica sustituirá a muchas personas. ‎Para imponer su opinión –que ellos consideran indiscutible–, los propietarios de esas fortunas ‎astronómicas están comenzando a controlar lo que pensamos y nos obligan a actuar según ‎lo que dicta esa nueva ideología. El fenómeno más reciente es la reacción ante la epidemia de ‎Covid-19. ‎

Históricamente, ante absolutamente todas las epidemias anteriores, los médicos trataban de ‎curar a los enfermos. Eso era en el mundo «de antes». En el mundo transhumanista no hay ‎que curar a la gente porque todos deben protegerse previamente con una nueva tecnología: el ‎ARN mensajero. Por eso vemos como gran parte de los Estados “desarrollados” prohíben a sus ‎médicos curar a los contagiados y prohíben a las farmacias la venta de los medicamentos que ‎podrían servir para ello –como la hidroxicloroquina, la ivermectina, etc. The Lancet, ‎una publicación médica de referencia, llegó incluso a publicar un artículo donde se afirmaba que ‎un medicamento existente desde hace décadas y utilizado por millones de personas mataba ‎a los enfermos de Covid-19. Y los gigantes de internet censuran las cuentas de quienes ‎hablan bien de ese medicamento. Todo apunta a lograr que veamos el ARN mensajero como la ‎única opción. ‎

Yo no soy médico. No conozco la eficacia real de esos diferentes productos. Sólo soy una persona ‎que observa cómo se bloquea un debate incluso antes de que se inicie. Yo no intervengo en el debate ‎científico pero veo que se cierra. ‎

Pero el asunto de la imposición del ARN mensajero en contra de los cuidados médicos no está resuelto todavía.‎ El 22 de septiembre pasado, el presidente estadounidense Joe Biden organizó una ‎cumbre global virtual para distribuir 500 millones de dosis de «vacuna» de ARN mensajero. ‎Para sorpresa de todos, los países que supuestamente iban a recibir ese regalo boicotearon ‎el encuentro [1]. Al parecer no creen que las vacunas de ARN ‎mensajero sean la solución del problema. ‎

Para entenderlos sólo hay que recurrir a una simple calculadora. Los países que apostaron todo a ‎las vacunas de ARN mensajero han registrado entre 20 y 25 veces más fallecimientos por millón ‎de habitantes que los países que autorizaron los cuidados médicos a las personas contagiadas. ‎

El transhumanismo fascina en Occidente porque la gente ya ni siquiera se interroga sobre la ‎prohibición del uso de medicamentos contra el Covid-19. Pero esa nueva forma de pensamiento ‎no goza de la misma influencia en otras regiones del mundo. ‎

Hasta ahora, la vacunación era la inoculación de pequeñas porciones de una ‎enfermedad para que el sistema inmunológico humano aprendiera a defenderse de ella. ‎A partir de la epidemia de Covid-19, la inoculación de ARN mensajero se asimiló a la ‎vacunación aunque no se trata de una vacuna en el sentido clásico del término. ‎

PROPAGANDA

La historia nos ha permitido aprender que para imponer un nuevo régimen hay que lograr primero ‎que la gente actúe de acuerdo con una nueva ideología. Cuando la gente comienza a actuar de ‎esa manera, ya se le hace muy difícil volverse atrás. Eso es lo que se llama propaganda y ‎su objetivo no es controlar el discurso sino utilizarlo para modificar el comportamiento [2].‎

Como las sociedades occidentales han renunciado a investigar sobre la posibilidad de curar el ‎Covid-19, nos hemos tragado el asunto del ARN mensajero… y ahora nos tragamos también la ‎imposición del «pasaporte Covid». Ya estamos maduros para entrar en el nuevo régimen. Y hasta ‎es absurdo calificarlo de “dictadura”, un concepto que pertenece al «mundo de antes». Todavía ‎no sabemos cómo será ese nuevo régimen, pero ya lo estamos construyendo. ‎

En todo caso, ya puede verse que los Estados se ven amenazados por las megafortunas que ‎mencionamos al principio. En efecto, los Estados tienen sobre todo lo que el mundo de la ‎finanza llama «gastos fijos», mientras que los súper multimillonarios pueden, ‎en cualquier momento, retirar sus inversiones de aquí para moverlas hacia allá. Son muy pocos ‎los fondos soberanos que pueden rivalizar con las megafortunas y mantenerse independientes ‎de ellas. ‎

Los medios de difusión corporativos rechazan interrogarse sobre la ‎prohibición de facto contra los medicamentos que pudieran curar el Covid-19. Esos medios ‎dedican toda su energía a promocionar el ARN mensajero. ‎

LOS MEDIOS DE DIFUSIÓN CORPORATIVOSCon el mayor entusiasmo, los «medios corporativos» (corporate media) se han puesto ‎al servicio de ese proyecto. Hace mucho, sobre todo desde que terminó la guerra fría, que ‎el periodismo se autodefine como una búsqueda de «objetividad», aun sabiendo que tal cosa es ‎imposible. ‎

En un tribunal no se pide a los testigos que den muestras de «objetividad», pero se les exige ‎que digan «la Verdad, toda la Verdad y nada más que la Verdad» porque se sabe que ‎cada cual percibe sólo una parte de la Verdad, según su visión del mundo, sus convicciones o su ‎condición social. Ante un accidente entre un automovilista y un peatón, la mayoría de los testigos ‎peatones dan la razón al peaton mientras que la mayoría de los testigos automovilistas aseguran ‎el conductor estaba en su derecho. Lo que permite aclarar lo que realmente sucedió es la suma ‎de los testimonios. ‎

La reacción de los «medios corporativos» ante la aparición de nuevos actores en el mundo de la ‎información (los blogs o bitácoras y los usuarios de las redes sociales) ha consistido sobre todo ‎en tratar de descalificarlos afirmando que sus esfuerzos son conmovedores pero que esos recién ‎llegados carecen de la calificación necesaria para compararse con los «verdaderos medios». ‎Los periodistas profesionales han instaurado una diferencia entre la «libertad de expresión» ‎‎(para todos) y la «libertad de prensa» (sólo para ellos) y han acabado adoptando una pose de ‎maestros de escuela, considerándose a sí mismos como los únicos habilitados para distribuir ‎buenas o malas “notas” o “calificaciones” a quienes tratan de imitarlos. Así inventaron el ‎concepto llamado «fact checking», la supuesta «verificación de los hechos» en la que ellos mismos ‎son jueces y parte, como si el trabajo periodístico fuese un juego de televisión. ‎

Inquietos, al ver que algunos responsables políticos se ponen del lado de sus electores en vez de ‎seguir lo que dictan los súper multimillonarios, los «medios corporativos» han extendido el ‎‎«fact checking» a las declaraciones de sus invitados políticos. Ya son incontables los programas ‎donde un líder se ve sometido al «fact checking» de la redacción. El discurso político, que debe ‎ser un análisis de los problemas de la sociedad y de las vías para resolverlos, se ve así reducido a ‎la enumeración de cifras verificables en anuarios estadísticos. ‎

Los «medios corporativos» se erigieron inicialmente en «Cuarto Poder» y después absorbieron a ‎los demás para acabar convirtiéndose en el Poder principal. Esa noción viene del político y ‎filósofo británico del siglo XVIII Edmund Burke. El «Cuarto Poder» se constituyó junto al Poder ‎Espiritual, al Poder Temporal y los Commons (la gente modesta). En nombre de su propio ‎conservadurismo liberal, Edmund Burke no cuestionaba su legitimidad. Pero hoy todos pueden ‎comprobar que esa supuesta legitimidad no se basa en un valor sino en la fortuna de los ‎propietarios de los medios. ‎

La selección de los temas que los medios abordan es cada vez más restringida, se aparta ‎paulatinamente del análisis y ahora se limita sólo a los datos estrictamente verificables. ‎

Hace 20 años, los diarios que cuestionaban mis trabajos los presentaban muy superficialmente para ‎descalificarlos de inmediato tildándolos de «conspiracionistas». Ahora ni siquiera se atreven a ‎resumir mis tesis… porque no tienen ninguna posibilidad de descalificarlas con el ‎‎«fact checking». ¿Qué hacen entonces? Me clasifican como «no confiable». Ante los ‎periodistas no profesionales más jóvenes, los llamados «medios corporativos» se limitan al ‎simple insulto. Resultado: sigue creciendo el abismo que separa los dos bandos. ‎

Ese fenómeno se hizo particularmente evidente con la aparición en Francia de los «Chalecos ‎Amarillos», simples ciudadanos que protestaban contra esta evolución sociológica del mundo, ‎incluso antes de que el confinamiento viniera a favorecerla. Recuerdo un debate transmitido por ‎una televisión de información continua donde una diputada preguntaba a una «Chaleco ‎Amarillo» qué subvenciones contentarían a los manifestantes. La representante de aquella ‎corriente popular le contestó: «No necesitamos subvenciones. Lo que queremos es un sistema ‎más justo.» ‎

Los «medios corporativos» rápidamente apartaron de la luz pública a las personas que, como ‎aquella dama de los «Chalecos Amarillos», expresaban una reflexión seria sobre los problemas de ‎la sociedad y en su lugar dan la palabra a quienes se limitan a emitir exigencias inmediatas. En otras ‎palabras, esos medios hacen de todo con tal de censurar el pensamiento. ‎

Antes, la iglesia católica hacía listas de libros prohibidos. Ahora ‎se trata, al contrario, de hacer listas de fuentes “confiables”, lo cual equivale a determinar ‎de antemano quién dice la “Verdad” y dónde se dice. ‎

NOTAS BUENAS Y MALAS

‎Otra cosa que ha hecho la nueva élite dominante es reinstaurar lo que antes se llamaba el Index ‎librorum prohibitorum. Antiguamente, la iglesia –que no era sólo una comunidad de creyentes ‎sino también un poder político– publicaba una lista de libros prohibidos para todos, pero no para sus clérigos. La iglesia pretendía así proteger al Pueblo de los errores y mentiras de quienes ‎cuestionaban su dogma. Eso duró cierto tiempo, pero a la larga los creyentes acabaron ‎privando a la iglesia de su poder político. ‎

Ya en nuestra época, algunos ex dirigentes de la OTAN y de la administración Bush crearon en ‎Nueva York una entidad llamada NewsGuard, a la que encargaron hacer una lista de sitios web ‎‎«no confiables» –Red Voltaire está en esa lista [3]. ‎Además, la OTAN (¡otra vez la OTAN!), la Unión Europea, Bill Gates y otros compinches más crearon ‎CrossCheck, que financia, por ejemplo, un grupo de «fact checking» instaurado en el diario ‎francés Le Monde [4]. Pero parece que la multiplicación exponencial de ‎las fuentes de información ha dado al traste con ese proyecto. ‎

Otro método más reciente todavía ya ni siquiera consiste en decretar a priori lo que es ‎‎“confiable” y lo que no sino en dictarle al público “La Verdad”. ‎

En Francia, por ejemplo, el presidente Emmanuel Macron, acaba de instalar una «Misión Contra ‎la Desinformación y el Conspiracionismo». Encabeza esa «Misión» el sociólogo Gerald Bronner, ‎un personaje que estima que el Estado debería instaurar un organismo encargado de establecer ‎‎“La Verdad” basándose en el «consenso científico». Gerald Bronner considera también que es ‎inaceptable que la palabra «de un profesor universitario tenga el mismo valor que la de un ‎Chaleco Amarillo» [5]. ‎

Ese método no es nuevo. En el siglo XVII, Galileo descubrió que la Tierra giraba alrededor ‎del Sol y no lo contrario. Y los predecesores de Gerald Bronner refutaron el descubrimiento de ‎Galileo… citando partes de las Sagradas Escrituras, consideradas entonces como un fuente ‎revelada de conocimiento. Así que la iglesia condenó a Galileo basándose en el «consenso ‎científico» de la época. ‎

La historia de la ciencia está repleta de ejemplos similares, casi todos los grandes descubridores ‎fueron rechazados en nombre del «consenso científico» de su tiempo. Muchas veces, las ‎demostraciones científicas de los descubridores no lograron imponerse hasta después de la ‎muerte de sus contradictores… los portadores del «consenso científico». ‎

[1] «Boicot generalizado para la “cumbre” de ‎Biden contra el Covid-19‎», ‎‎Red Voltaire, 24 de septiembre de 2021.

[2] «Las técnicas de la propaganda militar moderna», por Thierry Meyssan, ‎‎Red Voltaire, 16 de mayo de 2016.

[3] «La Unión Europea, la OTAN, ‎NewsGuard y la Red Voltaire», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 5 de mayo de 2020.

[4] «La OTAN y la Unión Europea detrás de Décodex», ‎‎Red Voltaire, 16 de febrero de 2017.