
Por Juan Manuel de Prada
La época que nos ha tocado en desgracia vivir se caracteriza como ninguna otra por instaurar un culto desaforado a la mentira (que, en última instancia, es culto a su padre, aunque sus oficiantes no lo sepan, o prefieran no saberlo). Un culto engreído y totalitario, que subsume y abarca otras idolatrías sórdidas, otros vicios y prevaricaciones que en el culto a la mentira hallan su cobijo y complicidad. Así, el culto a la mentira se ha convertido en el aire que respiramos sin reparo, en el líquido amniótico donde bogamos plácidamente, en el ‘metaverso’ que a todos nos envuelve.
Somos rehenes de la mentira, súbditos de su tiranía, que en volandas de las más aciagas ideologías ha convertido nuestra convivencia en una lastimosa jaula de locos, donde quien más puede es el que más miente. Es como si, para ser aceptado en sociedad, hubiese que adoptar la mentira como régimen normal de vida: la mayoría social, aunque no esté conforme con la mentira, se adapta y transige; y quienes tienen el coraje de proclamar la verdad y decir las cosas por su nombre, se les califica de subversivos e indeseables. Así, la mentira ha dejado de ser –como ocurría en épocas pretéritas– un vituperable recurso defensivo, para convertirse en arma ofensiva que configura la realidad, que teoriza y proclama sin empacho que lo blanco es negro, que la maldad es virtud, que el criminal es digno de lástima y veneración. Y para conseguir sus fines, apela a todos los procedimientos: a la perfidia y el ensañamiento infrahumano, si es preciso; pero también a la hipocresía seudomística, al falso humanitarismo, a la sensiblería lacrimógena.
Así ha ocurrido con la anciana Maricarmen, utilizada monstruosamente para lanzar la campaña electoral. Se ha sabido recientemente –por informaciones firmadas por la periodista Alba Martín– que esta mujer se había desempeñado en el pasado como administradora única y consejera de dos empresas de opíparo capital social dedicadas a la «inversión en inmuebles» y la «explotación de alquileres», con plenas facultades para «realizar toda clase de negocios». Son datos tomados del Registro Mercantil, que desde luego exigen algunas aclaraciones (por ejemplo, si Maricarmen era socia de estas empresas y poseía un abultado patrimonio o era tan sólo utilizada como testaferro); pero resultan tan desconcertantes –tan estupefacientes– que exigen un inmediato esclarecimiento. Y no para andar escarbando en carroñerías, ni para vilipendiar a una difunta, sino para saber si la utilización de la anciana Maricarmen (de su drama humano acaso no tan dramático como se pintó) fue en realidad un montaje utilizado para manipular las emociones de la población con fines políticos e impulsar agendas legislativas que se presentaron demagógicamente como una urgencia moral insoslayable, cuando durante ocho años no fueron ni siquiera contempladas. Pero, en un mundo infestado por la mentira, querer conocer la verdad nos convierte en indeseables.
