La “excepcionalidad democrática” en los EEUU, después del asalto al Capitolio – Parte III

Por Ricardo Vicente López

Parte III
(puede leer la parte II, acá)

Explica René Vega Cantor:

Si, por lógica elemental, el periódico colombiano El Espectador fuera coherente y consecuente, debería apoyar el golpismo, la violencia, el crimen que se mostró el 6 de enero en El Capitolio de Estados Unidos, porque todo eso es lo que ha apoyado durante años al dar su respaldo a Juan Guaidó. Es bueno recordarles los nexos de Guaidó con Los Rastrojos (paramilitares colombianos responsables de crímenes de lesa humanidad), su participación en la agresión mercenaria-imperialista denominada Operación Godeón, su robo a los activos públicos de la nación venezolana, su apoyo abierto a una agresión militar de una potencia extranjera contra la patria de Bolívar, organización de frustrados intentos de golpe de Estado y sublevaciones militares, entre otras linduras “democráticas” del autoproclamado. Todo esto, y mucho más, encarna Juan Guaidó y su círculo de asesinos, que son respaldados por El Espectador, a través de sus editoriales. Por eso, repito, un pasquín de esta clase no tiene ninguna autoridad moral para condenar lo sucedido en Washington el 6 de enero, si es lo mismo que viene apoyando desde hace años contra Venezuela, acentuado en los últimos dos años, luego del autonombramiento tan “democrático” de Guaidó como presidente de Venezuela, y su apoyo a acciones criminales como la falsa operación humanitaria del 23 de febrero de 2019. Y por eso resulta tragicómico lo que dice en su editorial del 12 de enero, refiriéndose a Donald Trump: «No se puede cohonestar que un jefe de Estado promueva conductas que atenten contra la Constitución». (“La traumática salida de Donald Trump”. Disponible en: www.elespectador.com/opinion/editorial/la-traumatica-salida-de-donald-trump/).

Eso se rechaza en el caso de Estados Unidos, pero se aplaude en el caso de Juan Guaidó, al que El Espectador reconoce como “jefe de Estado”, con todas sus acciones no solo inconstitucionales sino criminales. Por supuesto, “no se le pueden pedir peras al olmo” y esperar que un representante de la cloaca periodística criolla, y propiedad de uno de los conglomerados económicos dueños de Colombia (el grupo Santo Domingo), ligado al capital transnacional imperialista, sea consecuente con su política de apoyo al golpismo en Venezuela, para aplicarla al golpismo en los Estados Unidos.

Este comportamiento (insisto en ello porque podemos analizar en un caso particular, lo que es una regla permanente en el periodismo internacional), El Espectador lo convierte en el peor de los medios de desinformación que hay en Colombia, por su hipocresía y cinismo [[1]]. Por lo menos, Semana, El Tiempo, RCN, Caracol son abiertamente uribistas y en su momento fueron trumpistas, mientras que El Espectador pretende ser demócrata y defensor a ultranza de la excepcionalidad estadounidense, al tiempo que avala los crímenes de Estados Unidos y sus lacayos contra Venezuela. Y los mismo hacen sus “columnistas estrellas” que no ocultan su admiración por la pretendida “excepcionalidad democrática” de Estados Unidos y en estos días han inundado las rotativas con sus lágrimas de plañidera, amargados por la mancha imborrable del asalto al Capitolio en Washington, pero se consuelan diciendo que afortunadamente eso ya pasó y que la “democracia estadounidense” ha demostrado su fortaleza con el triunfo de Biden y en los próximos años esa democracia seguirá irrigando al universo con sus dones milagrosos.

En breve, El Espectador es una ficha del andamiaje “liberal” de la dominación imperialista en Colombia y en nuestra América, con su cortejo de plumíferos a sueldo del “poder blando” de los Estados Unidos, cuyo objetivo principal es el de seguir pregonando la pretendida excepcionalidad democrática del Tío Sam. Esta argucia informativa oculta que la verdadera excepcionalidad estadounidense radica en que es el único imperio que ha agredido a los cinco continentes, ha lanzado dos bombas atómicas, tiene 1200 bases militares en el planeta, y cuyos ideólogos “liberales” más recientes (de las eras Clinton y Obama), ahora de regreso, están untados de sangre de la cabeza a los pies, por la destrucción y muerte que han ocasionado las múltiples guerras y agresiones que han librado en los últimos 25 años.

Renán Vega Cantor, continúa sus análisis de la excepcionalidad estadounidense con una nota que lleva por título: En las entrañas del monstruo, doble “revolución de colores” en Washington, allí escribe lo siguiente:

«Sin embargo, lo sucedido en Washington es un hecho singular, porque no se apuntaba a un cambio de régimen sino a una continuación del existente, pero, a su vez, este fue de alguna manera un contragolpe o una respuesta tardía e inútil a otra revolución de colores, que se venía impulsando contra Trump desde hacía algún tiempo y estaba dirigida políticamente por el Partido Demócrata y en la que participaban los mismos sectores que en diversos lugares del mundo han efectuado revoluciones de colores y que se selló con el triunfo electoral, no exento de dudas, del candidato de ese sector Joe Biden, un individuo gris, sin carisma y de lo más rancio del sector globalista del imperialismo estadounidense».

Creo necesario, amigo lector, agregar acá, para una mejor comprensión del sentido del concepto “revolución de colores”, una nota que publicó www.telesurtv.net: ¿Qué son las revoluciones de colores y cómo funcionan?:

«El término Revolución de Colores empezó a utilizarse en el mismo momento de la disolución de la Unión Soviética y se aplicó en principio para referirse a los sucesos que acontecieron en algunos de los países de la órbita del Pacto de Varsovia, como en la antigua Checoslovaquia, y que posibilitaron la restauración del capitalismo. Una década después, en pleno Nuevo (Des)Orden Mundial hegemonizado por los Estados Unidos, la Revolución de Colores entró en escena como un pretendido cuerpo teórico-analítico con un guion perfectamente establecido para aplicarse en aquellos lugares en los que se preparaba un “cambio de régimen”, porque los gobiernos existentes no eran proclives de manera incondicional al neoliberalismo, al Consenso de Washington ni doblegados políticamente a los dictámenes de Estados Unidos».

Agrega Vega Cantor su comentario que aclara los procedimientos de los que se vale el Imperio estadounidense para la expansión de su dominio global:

«En momentos en que era preciso para el hegemon estadounidense subordinar a todos aquellos considerados como remisos a aceptar las condiciones de ese Nuevo (Des)Orden se utilizaron dos métodos complementarios: o la guerra abierta (como en Irak o la antigua Yugoslavia) o la “transición pacífica” hacia la “democracia occidental capitalista”, como en algunos de los países que surgieron de la implosión de la Unión Soviética y aquí es donde se comenzó a hablar de Revoluciones de Colores. En algunos casos (el mejor ejemplo es Libia) hubo una combinación de los dos procedimientos, algo así como una mixtura entre la guerra abierta y la Revolución de Colores que, de todas maneras, condujo al mismo fin de “cambio de régimen”, destrucción del Estado existente e imposición de marionetas incondicionales a Estados Unidos y a la Unión Europea».

 

[1] Le propongo, amigo lector establecer un paralelo entre las palabras de nuestro articulista respecto a El Espectador y diarios como Clarín y La Nación de estas tierras.

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