El varón linchado y el pisoteo del principio de inocencia – Por Carlos Balmaceda

Por Carlos Balmaceda

Imaginate que un día va la policía a tu casa y te lleva detenido.

Imaginate que, en cuestión de minutos, te bajan con una campera en la cabeza y te meten a la DDI (Dirección Distrital de Investigaciones) de tu zona, donde alguien ya está grabándote y subiendo esa imagen a YouTube. Sí, buena observación, si vas cubierto, quién podría darse cuenta. El caso es que titulan el vídeo con tu nombre y se lo muestran al mundo.

Imaginate que tu familia solo pueda verte una vez por semana durante diez minutos a través de una mirilla, y que tu mujer, que es más bien bajita, apenas llega a mirarte a los ojos.

Imaginate estar encerrado con otras diez personas en una misma celda, en pleno invierno, sin luz, sin calefacción y sin comida, porque la DDI de Bahía Blanca no tiene presupuesto. Cuarenta días así. Cuarenta noches así.

Imaginate que todo se origina en dos denuncias por hechos presuntamente ocurridos diez años atrás.

Imaginate que las dos denunciantes no solo fueron tus alumnas, sino que a lo largo de todos esos años, fueron parte de tu familia, si incluso una de ellas fue niñera de tu sobrina hasta hace unos pocos meses.

Imaginate que la otra te encuentra en plena calle y habla con vos, como siempre lo hizo, con absoluta normalidad.

Imaginate que tengas fotos con ellas, de cumpleaños y otras celebraciones.

Imaginate que tu mundo se derrumba y los medios del lugar te señalen, y hablen de 12 denuncias y mencionen la palabra “aberrante” al lado de tu nombre.

¿Ya te lo imaginaste?

Hay más, mucho más. Tanto que es imposible reunir cada dato, cada olor, cada sonido, cada humillación y volverla información.

¿Pero ya te lo imaginaste?

Tranquilo, no te está pasando a vos.

Ya lleva 10 meses así; desde hace 9 meses, en un pabellón, con otros 100 presos, donde debería haber cincuenta, en un lugar tan superpoblado que ni cama tiene.

10 meses. Porque la jueza no solo cambió la carátula inicial para que no prescribiera el presunto delito, y así pudiera dejar a este inocente -porque lo es, hasta que se demuestre la contrario- preso. Cuando la jueza tenga que decidir su prisión domiciliaria, le negará la palabra y, en cambio, preguntará a las denunciantes si quieren que vaya a su casa.
Se aplica el concepto de que hay peligro de fuga para mantenerlo en la cárcel en prisión preventiva.

Se llama Bongiovanni.

Acompañante terapéutico, asistente social  vinculado a comunidades de base de la Iglesia, profesor en Teología, veinte años de carrera, casado, sin antecedentes penales.

Referente de su entorno, solidario y preocupado por quienes tiene a cargo, un día saldrá a buscar a una de sus alumnas por pedido de su madre, que no la ve hace días, “perdida” en la casa de un tipo mucho mayor.

Dos de sus discípulas (una, precisamente, la que mencionamos en la historia previa) lo denuncian. Hablan de un “toqueteo” y de acoso. Los hechos ocurrieron diez años antes.
¿Las pruebas? Su palabra. Ambas, durante todo ese tiempo, fueron parte del círculo de familia y amigos del acusado, al punto de que una de ellas trabajó como niñera de su hermana.

Su mujer debe recorrer doscientos kilómetros para verlo.

Una de las denunciantes “encuentra” trabajo en una dependencia de Género.

Un sacerdote que lo conoce, al encontrarlo en la cárcel, le pregunta azorado “¿Pero vos qué hacés acá?”

El detenido, asmático, atraviesa su detención, en medio de la pandemia de Covid. Arrastra un tratamiento oncológico.

De esa manera, el detenido lleva más de diez meses preso.

Diez meses entre reales violadores, asesinos y ladrones.

¿Se entiende que nos referimos a un entramado geopolítico, ideológico, cultural y lingüístico que, entre otras cosas, persigue este tipo de oprobios para disciplinarnos socialmente?

Despierten.

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