El capitalismo y la cosificación del yo y la vida – Por Ricardo Vicente López

Por Ricardo Vicente López

La inteligencia digital ha generado devotos, de fe ciega; algunos que se van acercando despacito, con mucha cautela porque no saben bien de qué se trata; y, también, como era esperable, los enemigos acérrimos, los fanáticos que defienden un pasado más humano y una larga variedad de opinólogos de diferente laya que hablan por costumbre sobre cualquier tema.

Yo, que soy un lector riguroso, que navega por diferentes páginas, leo con cierta devoción a algunos autores que me garantizan honestidad, confianza, sapiencia en los temas que tratan. Entonces me dispongo, en actitud discipular, a aprender siempre un poco más.

Coloco en esta categoría de quien leo todo lo que publica, en la medida en que me entere de la publicación, al doctor Renán Vega Cantor: es historiador y docente colombiano; Licenciado en Educación en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital, Licenciado en Economía y Magíster en Historia por la Universidad Nacional de Colombia y Doctor en Historia por la Universidad de París VIII. Ha escrito una nota que me sorprendió por el modo del tratamiento que hizo de ella, y porque me confirmó, algo que admiro de esas personas, que pueden mostrar su formación académica seria en cualquier tema que aborde: no hay para ellos temas banales si se los encara con la seriedad que corresponde, puesta al servicio de cualquier ciudadano de a pie.

He utilizado su título para encabezar esta nota mía. Titulo que advierte que lo que se va a leer está tratado en el mejor nivel, con un análisis profundo que desnuda las miserias del sistema  capitalista a partir de un caso menor.

El capitalismo y la cosificación del yo y la vida

“Yo facturo, me vendo como un auto o reloj de marca”. Una mujer que usa el alias de Shakira se considera una cosa, un simple objeto mercantil y se enorgullece de serlo.

El capitalismo ha logrado que la cosificación y la mercantilización se apoderen de la subjetividad humana y ha convertido algo irracional ‒creerse, sentirse y rebajarse a ser una cosa‒ como parte del comportamiento cotidiano de los seres humanos.

En cualquier otra sociedad distinta a la actual sería rechazado de plano la idea de que una persona, en este caso una mujer que usa el alias de Shakira, se considere una cosa, un simple objeto mercantil, que se enorgullezca de serlo y obtenga réditos monetarios por exhibir a los cuatro vientos sus asuntos privados y sentimentales. Cualquier otra sociedad distinta al capitalismo realmente existente no generaría millones de estúpidos a quienes les parece normal que los seres humanos se cosifiquen y se vendan a sí mismos como mercancías y aparte de aplaudirlo lo consideren como un gran acontecimiento. En otras sociedades se ha adorado al Sol a la Luna, al Jaguar, a la Anaconda, a la Coca, al Yagé [el “bejuco del alma”] con razones basadas en la importancia intrínseca que para la supervivencia de la humanidad tienen los astros, los animales y las plantas.

Después de la conquista sangrienta de América, a las sociedades indígenas, como las existentes acá en nuestro continente, se les denomino fetichistas. Fetiche deriva del portugués feitico que significa “hechizo” y fue usado para referirse a los objetos de culto de los pueblos amerindios. Y en adelante ese término va a usarse para recalcar que una actitud fetichista es aquella que le atribuye poderes sobrenaturales a ciertos objetos. Fetiches son los objetos que se adoran e idolatran.

En el capitalismo, donde reina la mercancía como si fuera un producto natural y donde se supone que impera la “racionalidad” del mercado y de la libre competencia, han emergido nuevos fetiches, que se idolatran a todas horas y en todo lugar. Entre esos fetiches están el automóvil privado, los artefactos micro-electrónicos, en primerísimo lugar el ‘Smartphone’, los relojes, ropa de marca, aviones y barcos, objetos de lujo… con todos los cuales se regodea el capitalismo y que miembros del ‘Jet Set’, de la farándula y del deporte exhiben con descaro como símbolos de triunfadores y exitosos.

La fetichización de los objetos inanimados en la sociedad capitalista viene acompañada de la cosificación, esto es, la reducción de un ser humano a la condición de cosa. Ahora bien, la cosificación puede ser resultado de un poder o de la imposición de una fuerza externa, como cuando las mujeres son cosificadas y reducidas a objetos sexuales, como se ve, por ejemplo, en esas “joyas artísticas” de Maluma.

Este es un nivel de la cosificación, pero hay otro peor, y es cuando consciente y deliberadamente una persona se auto-cosifica, esto es, se reduce ella misma a una cosa, y se ofrece al mundo como tal, como un simple objeto inanimado que se compra, vende, comercia y el cual genera millones de dólares. En esas condiciones, una persona pierde su aura de ser humano y se convierte en un objeto, una cosa [en latín “res”] que se toca, manosea y se echa a la basura de manera inmediata, cuando su consumo ya no es necesario o cuando deja de ser rentable.

Una cosa que puede llegar a tener mucho precio, pero ningún valor y por eso se desecha como un trasto viejo que se hace a un lado o se le da una patada en el momento menos pensado, no importa que haya sido una cosa rentable de manera efímera, en una época en que todo tiende a ser como el condón, de usar y echar a la basura.

Esto último se ejemplifica con lo que acontece con alias Shakira en su ruidoso disco, escrito para obtener réditos económicos (“facturar” dice ella con pretendida sofisticación), utilizando el pretexto de su despecho y con la clara intención de herir a su ex-pareja – y de paso a sus dos hijos. Unos simples versos de mal gusto, propios de una estética traqueta [[1]], forman parte de la historia universal de la cosificación por su memorable nivel de estupidez y de reducción de una propia persona a vulgares objetos mercantiles, cuando dice: “Cambiaste un Ferrari por un Twingo. Cambiaste un Rolex por un Casio”.

Este es el meollo de la cuestión: una mujer se auto-cosifica a tal punto de que pierde su esencia de ser humano y se reduce a sí misma a un automóvil [un Ferrari] y a un reloj [un Rolex] y, además, convierte a otra mujer, la nueva novia de su antigua pareja el futbolista Piqué, en otra cosa automovilística [un Twingo] o cronométrica [un Casio]. Lo más significativo estriba en que esta auto-cosificación del propio yo tiene la finalidad expresa de obtener ganancias, a costa de la exhibición pública de asuntos privados y domésticos.

Pero no importa, lo que interesa es facturar, por aquello de que las “mujeres ya no lloran, las mujeres facturan” [[2]]. Otra frase que revela la miseria humana de esa multimillonaria que entre otras cosas aúlla en público [ella misma se autodenomina “loba”] puesto que el sentimiento de llorar ya no importa sino el conseguir dinero, bastante y rápido. Y claro, las cosas no pueden llorar, y si alias Shakira se ha reducido ella misma a una vulgar cosa mercantil como va a poder llorar, un sentimiento tan profundamente humano que nunca tendrá ni la cosa más fetichizada e idolatrada.

En el mismo disco, con el que ha obtenido ingresos de millones de dólares en pocos días, le dice a su ex-pareja “mucho gimnasio, pero trabaja el cerebro un poquito también”. ¿Es que acaso ella, cosificada al máximo, ha usado el cerebro? Desde cuándo acá las cosas piensan, si recordamos que ella se ha identificado como un Ferrari y un Rolex [simples y vulgares objetos mercantiles], que tienen de todo menos cerebro. No nos sorprende, porque está claro que la mercantilización generalizada que identifica al capitalismo, seca el cerebro.

[1] “Traquetear” (en Colombia) es el acto de traficar con sustancias controladas.

[2] Este concepto se refiere a la valoración de una persona en menos de lo que merece o vale. Como por ejemplo, las mujeres, que por cuestiones culturales e históricas, interiorizan que su trabajo vale menos que el trabajo de los hombres.

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