El muerto que está solo y espera – Por Diego Chiaramoni

Por Diego Chiaramoni

Georges Bernanos, quien acerca del corazón humano sabía mucho, tanto sabía que hasta se calzó los zapatos de un cura rural para narrar los abismos de la soledad, escribió alguna vez: “El verdadero odio es el desinterés y el asesinato perfecto el olvido”. Es una verdad de plomo, porque el olvido –cuando de amor debido se trata-, es la muerte más cruel, aunque su sangre sea imperceptible como el silencio. El olvido es dejar que la arena cubra las huellas, que se apague una voz, que los ojos se cubran de un velo blanco, que un cuerpo pruebe anticipadamente el hedor de la muerte.

Hace unas horas hemos vuelto del Cementerio de la Recoleta con otros desvelados del pensamiento nacional. Si bien es verdad que en la Recoleta gravita omnipresente ese sello “Alvear”, que la íntima frivolidad del turismo pulveriza la solemnidad de los grandes sitios, que la fauna humana siempre nos sorprende con un nuevo rostro en su hidra de mil cabezas, sin embargo, los mausoleos que allí se levantan y los cuerpos que allí duermen el sueño prolijo de la muerte, constituyen un compendio de la historia argentina. En sus páginas de mármol y cemento, entre flores marchitas y jarrones rotos, se pueden leer los grandes amores y odios de nuestra historia, las pasiones, las miserias, las vidas admirables, los extravíos, las desmesuras.

Entrando por el pórtico principal, allí nomás, a mano izquierda el General Juan Facundo Quiroga duerme de pie, como un búho en la noche. Una calle larga y arbolada hasta el antiguo pozo de agua de la vieja huerta de los padres recoletos. Allí se levanta “El Redentor”, un enigmático Cristo anciano esculpido por Don Pedro Zonza Briano en 1914. Casi al fondo de una de las diagonales, cerca del muro lateral de la Basílica del Pilar se levanta una bóveda antigua y extremadamente angosta. Puerta oval, una roseta en su arco superior y una cruz en su cúspide. Grabado en el cemento se lee “Pedro Scalabrini” y en una placa interna, tras un vidrio opaco y un enjambre de telas de araña, otro nombre: “Raúl Scalabrini Ortíz”. Sobre un pequeño altar improvisado, un jarrón con rosas artificiales de color amarillo –mi abuela solía decir que significaban desprecio-, dos candelabros de bronce oscurecidos por el tiempo, un crucifijo yacente y otras dos placas. El techo descascarado, el piso sucio con el impío revoque caído que denuncia el olvido y una bandera argentina que va criando moho sobre el celeste y el blanco. El compañero Leonardo Cajal me miró y ante el entendimiento mutuo que ya campeaba silente en nuestros rostros, me dijo: “Así te paga la Patria”.

No es este el lugar para trazar un cuadro sobre la figura y la obra de Scalabrini, basta decir que fue un pensador medular que se hizo y se deshizo por su patria siempre doliente. Scalabrini Ortíz pensó la Argentina con su nervio y con su pluma, desnudó los apetitos del colonialismo, la intrusión del eterno enemigo en las arterias a cielo abierto de nuestros ferrocarriles, la necesidad de la independencia económica como prenda de la soberanía nacional, la siempre vigente tarea de aclararnos a nosotros mismos en nuestra identidad y aun tempranamente, en su derrotero intelectual, se animó a auscultar el alma del hombre de Buenos Aires en esa obra transida de lirismo fenomenológico que tituló El hombre que está solo y espera (1931). El término “fenomenológico” no es casual, pues la buena fenomenología es el arte de captar lo latente bajo lo manifiesto, el quid de la cosa, la intimidad ontológica de una realidad. Scalabrini lo escribió maravillosamente:

El que mira todo el bosque de manzanos, no ve más que el bosque. Pero el que se reduce a mirar profundamente una sola manzana puede inferir el orden de todas las manzanas”. 1

La tarde maduraba en nosotros con un dejo de pena al dejar aquella bóveda. Desandamos el circuito de siempre hasta llegar a la fastuosa bóveda de Rufina Cambaceres, una de las “estrellas” del Cementerio. A pocos metros, sale un pasillo angosto en el que contamos no más de diez pasos para leer en una placa de mármol oscuro “Lucio Mansilla”. Es cita obligada para mi corazón porque allí late una música de gratitud. En ese re-cordis se mixtura la sangre de la belleza de la Federación y de un guerrero de la Independencia, florecida en el retoño de uno de los escritores de mi vida.

La tarde agonizaba ahora sobre nuestras espaldas y el nombre de Scalabrini nos quedaba picando en el alma. “Así te paga la Patria”. Nos volvimos a mirar con Cajal y el título de esta columna se cayó al unísono de nuestros labios: El muerto que está solo y espera.

¡Ocúpense de Scalabrini carajo! Veneren la memoria de nuestros mayores, que el verdadero odio es el desinterés y el asesinato perfecto el olvido.

Diego Chiaramoni para KontraInfo

Julio 30 de 2026

 

 

1 R. Scalabrini Ortiz. El hombre que está solo y espera. Hyspamérica, Buenos Aires, 1986: p. 27

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