
Por Diego Chiaramoni
A Eurídice
“La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las
carteleras de fierro de la plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios, el hecho me dolió pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se separaba
de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”. Así empieza el cuento El Aleph de Jorge Luis Borges, uno de sus artefactos literarios plenos de belleza y precisión.
¿Qué cosa es El Aleph de Borges? ¿Es el dominio exacto del arte de la microscopía? ¿Es el derroche de erudición de una mente-atlas? ¿Es un manifiesto sobre la imposibilidad del
lenguaje frente al infinito? ¿Es una parodia del autor de la Divina Comedia al exponer el fantoche literario de Daneri como una contracción de Dante Alighieri, tal como afirma Piglia
al colocar aquella sentencia en boca de uno de los personajes de Respiración Artificial? Puede ser todo ello y más, porque la literatura que toca lo eterno es inagotable. Pero no es mi
propósito hacer hermenéutica literaria, dejo esos menesteres a los soliloquios del inefable Jesús Maestro, a veces tan lúcido y a veces, más denso que el mismo Carlos Argentino
Daneri.
El Aleph es, ante todo, la pieza lírica de un enamorado. Beatriz Viterbo, el amor de Borges, no en vano el cuento está dedicado a Estela Canto, su amor lírico, exaltado y no correspondido.
Beatriz Viterbo –Beatrice era aquella que al decir de Dante es “el amor que mueve el sol y las demás estrellas”-, muere en 1929 y, desde ese entonces, Borges no dejó de visitar jamás aquella casa del barrio de Constitución. “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida” dice una canción de nuestra música nativa, y es verdad. Borges traspone el portal de aquella casa para visitar a los deudos de la joven Beatriz, pero en rigor de verdad, es una peregrinación de amor, un nuevo viaje iniciático hacia el corazón de lo ido. Eso es la
nostalgia, del griego nóstos (retorno, vuelta al hogar) y álgos (dolor). El nostálgico vuelve infructuosamente a lo irrecuperable.
Borges escucha –y padece- la falsa autopercepción de Daneri como escritor, sus términos cacofónicos, la repetida daga sobre la musical lengua de Cervantes. Borges acepta el
purgatorio porque tiene al Edén entre ceja y ceja, el cielo bajo el nombre de Beatriz. Un día, hacia finales del mes de octubre, Carlos Argentino Daneri telefoneó a Borges. Su
voz, rasgada por los signos de la tristeza y de la ira, anunciaba que por la ampliación de la Confitería de Zunino y Zungri, la casa de la calle Garay, la casa de Beatriz Viterbo sería
demolida. Daneri, agitado ante la inminencia de aquella demolición y en trance de angustia, le confiesa a Borges que el polvo impío se llevaría al Aleph que moraba en el sótano del
comedor de aquella casa de la calle Garay y que él, Carlos Argentino Daneri, lo necesitaba para poder terminar su inmenso poema, aquel que Borges padecía cada vez que su autor se lo leía, convencido de haber labrado una obra digna de veneración. Y… ¿Qué es un Aleph? podría preguntar el desprevenido lector que desconozca el mundo borgeano. El Aleph es un
punto del espacio que contiene todos los puntos, es decir, la microscopía de la omniabarcante revelación. Borges no pudo esperar, aquel enigma azuzó su corazón y entonces salió tras él,
antes que Daneri, al otro lado del teléfono, ensaye cualquier argumento prohibitivo. En aquella casona de la calle Garay, la sirvienta hizo esperar a Borges en la sala. El cuento se desgrana entonces en uno de sus pasajes más bellos: “Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: – Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”.
En aquel sótano de una casona del barrio de Constitución se encontraba el Aleph. Para divisarlo en la unánime oscuridad, había que acomodar la postura corporal de un modo singular, no se podía ver el Aleph de cualquier forma: decúbito dorsal, inmóvil, acostado en el piso de baldosas, los ojos fijos en el escalón número diecinueve. Hasta aquel momento, Borges dudaba si acaso aquella no era la trampa proyectada por un loco, luego de envenenarlo con una copita de coñac. En aquella incómoda oscuridad, Borges cerró los ojos y, al abrirlos, vio el Aleph y en aquel enigmático punto, vio el universo. ¿Qué cosas contempló Borges en aquella diminuta esfera tornasolada? La belleza del texto, por momentos, parece un milagro:
Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio…
Y en la condensación áurea de todo aquello, en unidad y sin confusión, Borges siguió contemplando:
[..] vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales […] vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
La conclusión agónica, la moraleja doliente es la siguiente: ¿cómo nombrar lo indecible? ¿cómo esclarecer la cifra ontológica de las cosas desde el barro de la palabra humana? O
cómo escribe el mismo Borges: “¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph que mi temerosa memoria apenas abarca?”. Es que el amor mismo es inenarrable y entonces, aunque
imperfecta, nos queda la literatura. El Aleph estaba allí, en una casona del barrio de Constitución, por dos motivos: 1. porque lo inefable se revela en lo diminuto, en los
escombros de lo cotidiano. 2. porque esa era la casa del amor de Borges y en tal sentido, porque solo el amor puede descubrir la polisémica riqueza del universo.
El relato nos hiere irónicamente en sus últimas líneas: Borges prefiere callar ante lo visto, prefiere refugiarse en el olvido de lo contemplado, incluso en la posibilidad de la falsedad de
aquel Aleph, tan dudosa como los rasgos de Beatriz que se iban desdibujando en su memoria. La negación de Mnemósine jamás fue salvífica. Borges arrastró a Beatriz Viterbo a la
historia, la llevó consigo, como el danés Kierkegaard a Regina Olsen; no importan aquí la dialéctica ficción-realidad. En su poema Everness, lo rubrico él mismo, para siempre: “Sólo
una cosa no hay. Es el olvido”. Quizás la literatura y el amor existan para que la muerte no tenga la última palabra.
Diego Chiaramoni
Septiembre 16 de 2026
