Al amparo del mundo criollo – Por Diego Chiaramoni

Por Diego Chiaramoni

Dos guitarras desveladas, compañeras de camino. Dos hombres de trabajo, de manos cuarteadas por el frío de mil heladas, Cardo, sabañón y mate largo para acallar el gorgoreo de la panza vacía. José Larralde le escribe unos versos a Víctor Velázquez y en ellos, pinta un óleo criollo recordando el pan compartido:

A una legua más o menos
hacia el sur de Villaguay
hay un rancho color tiempo,
abájese si anda poray.

Recuerde que allá hay abrigo
y agua fresca pa’ la sed,
rancho de Pancho Velázquez,
si anda poray, bájese.

Un rancho color tiempo”, así, tal cual, pero en Magdalena (Provincia de Buenos Aires), es el refugio de nuestro filósofo criollo Don Alberto Buela Lamas. Hasta allí llegamos una mañana con sed de verdad, porque para nosotros la verdad es una epifanía con dos rostros, uno mira hacia el interior del hombre (ad intra), pues como dice Agustín: in interiore homine habitat veritas; el otro rostro mira hacia afuera (ad extra), es decir, nos trasciende y se realiza en la comunidad. En ese rancho color tiempo, alrededor de la mesa –fogón imaginario, liturgia gaucha-, partimos el pan, bebimos el vino y veneramos la palabra. Buela nos habló del tiempo como elemento constitutivo de nuestra realidad humana y como horizonte de comprensión del ser; se demoró brevemente en Leibniz, en Brentano y en el “Mago” de Friburgo. Nos regaló un vademécum apurado de las cinco o seis obras que hay que leer para estar en el corazón de la filosofía. Buela no olvidó a sus maestros argentinos, porque la gratitud es propia del hombre magnánimo; recordó alguna anécdota de la Sorbona de París e ironizó amargamente con el sueño de la Patria pendiente.

Los ranchos color tiempo, huelen a humo añejo, a cuero, a verdura fresca durmiendo en la despensa, a laurel seco colgado en un clavo oxidado por los años. Desde la mesa, mirando hacia la puerta, se puede ver el abrevadero, la tranquera, el campo extenso, los caballos, el cielo de la pampa. Afuera, en un trozo de tierra húmeda paralela al rancho color tiempo, Don Buela abrió el “queso”1 para la taba, y en la parábola del astrágalo arrojado, entre “suerte” y “culo”, jugábamos con nuestra propia biografía, por aquello de “afortunado en el juego, desafortunado en el amor”.

Ese rancho color tiempo, ese entorno que configura el espíritu de quien lo habita es el “Heimat” del filósofo –como expresa Heidegger-, es decir, su patria ontológica, su habitar auténtico, su enraizamiento que es apertura a las señas del Ser.

Los muchachos enlazaron algunos caballos con las sogas que el filósofo gaucho nos acercó desde un galpón donde duermen las herramientas de trabajo. Bajo el alero de chapa, la leña apilada, los troncos mudos recibiendo la última luz de la tarde otoñal. ¿Cuántas cosas le habrán revelado los ojos buenos del animal a cada uno de los improvisados jinetes? Y fue la ronda de mate antes de partir, el abrazo generoso y la promesa de volver.

Escribe Hölderlin: “Entre nosotros, todo se concentra sobre lo espiritual, nos hemos vuelto pobres para llegar a ser ricos”.

La riqueza es un rancho color tiempo: amparo del mundo criollo.

Diego Chiaramoni

Marzo 29 de 2026

1 Nombre que recibe la porción de tierra blanda donde se lanza el hueso en el juego de la taba.

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