Trump, Irán y la presión del poder: cómo las estructuras estratégicas empujan a EE.UU. hacia una guerra que prometió evitar – Por Marcelo Ramírez

Por Marcelo Ramírez

Donald Trump llegó nuevamente a la presidencia con una promesa que lo distinguía del consenso tradicional de Washington: terminar con la lógica de las guerras interminables. Durante años, ese fue uno de los pilares del discurso del movimiento que lo apoyó y lo proyectó a la presidencia. La idea de que Estados Unidos debía abandonar los conflictos globales que habían marcado las últimas décadas fue parte central del mensaje político que movilizó a su base con MAGA. Sin embargo, la situación actual en torno a Irán muestra una dinámica que parece ir en sentido contrario. El escenario que comienza a perfilarse ahora revela una presión creciente hacia un conflicto que el propio Trump había asegurado que evitaría.

Para entender cómo se llega a esta situación no alcanza con analizar la personalidad del presidente o su estilo político. Las decisiones de guerra en Estados Unidos no dependen exclusivamente de la voluntad de un líder único sino que se producen dentro de un sistema de poder complejo donde intervienen múltiples actores, desde agencias de inteligencia, el complejo militar-industrial, redes financieras, grandes donantes, lobbies políticos, think tanks estratégicos y alianzas internacionales. Cuando esas estructuras convergen en una dirección determinada, el margen de maniobra del presidente se reduce considerablemente, y es lo que constituye lo que conocemos como el Estado Profundo.

Uno de los episodios que reapareció en el debate político local con fuerza es el caso Epstein. Jeffrey Epstein no fue únicamente un financista involucrado en un escándalo criminal, contaba con una red que conectaba a figuras del mundo financiero, político, académico y mediático. La exposición pública de ese entramado dejó al descubierto algo que las estructuras de inteligencia conocen desde hace décadas y es la información comprometedora que puede convertirse en una herramienta de poder extremadamente eficaz. En la tradición de los servicios de inteligencia, ese tipo de material se utiliza como mecanismo de presión política histórico, y quien dispone de información capaz de destruir reputaciones públicas, posee también una forma de influencia difícil de contrarrestar.

En torno a ese episodio surgieron múltiples hipótesis sobre la posibilidad de que esa red hubiera sido utilizada para influir sobre actores políticos relevantes y algunas de esas especulaciones apuntaron a conexiones con redes internacionales de inteligencia. No existen pruebas públicas concluyentes que permitan confirmar esas hipótesis, por supuesto, porque este tipo de actividades son reservadas, pero el simple hecho de que circulen en ámbitos políticos y estratégicos refleja el grado de desconfianza que generó el caso. En este tipo de áreas debemos trabajar sobre indicios, confluencias y aparentes casualidades que guíen el interés y nos permitan asomarnos y entrever algo de este mundo opaco.

Existen factores visibles que ayudan a comprender la relación entre el gobierno de Trump y la política de Medio Oriente, especialmente con el Estado de Israel. Durante su primera presidencia se tomaron decisiones que modificaron décadas de diplomacia estadounidense. El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, el traslado de la embajada estadounidense a esa ciudad y el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán fueron medidas que redefinieron el posicionamiento de Washington en la región.

Una figura central en ese proceso fue Jared Kushner, yerno de Trump y uno de los principales arquitectos de la política estadounidense hacia Medio Oriente. Kushner es un reconocido sionista que pertenece al judaísmo ortodoxo moderno, manteniendo vínculos profundos con sectores políticos y económicos israelíes. Su rol dentro del gobierno fue determinante en la negociación de los llamados Acuerdos de Abraham, que buscaron normalizar relaciones entre Israel y varios países árabes. A través de su figura se articuló una red de asesores, donantes (claves en la estructura política eleccionaria de los EEUU) y operadores políticos que impulsaban una alineación estratégica mucho más estrecha entre Washington y Tel Aviv.

Ese alineamiento también se explica por un elemento estructural de la política estadounidense: el peso del evangelismo político. En Estados Unidos existe un movimiento religioso muy influyente que interpreta el apoyo a Israel como una obligación teológica vinculada a determinadas interpretaciones bíblicas sobre el desarrollo de la historia. Esta corriente, conocida como sionismo cristiano, tiene una presencia política significativa dentro del electorado conservador y constituye una base electoral relevante para el Partido Republicano.

La convergencia entre donantes, lobbies políticos y electorado religioso genera un entorno donde el respaldo a Israel se convierte en una posición prácticamente obligatoria dentro de la política estadounidense. No se trata de una decisión aislada de un presidente determinado, sino de un consenso estratégico que se ha consolidado durante décadas.

En paralelo, algunos observadores han señalado un cambio en el tono del discurso político alrededor de la guerra. La retórica providencialista, que invoca misión histórica o destino, aparece cada vez con mayor frecuencia en los discursos públicos. Este tipo de lenguaje no es exclusivo de un líder en particular, forma parte de una tradición política estadounidense que se remonta al siglo XIX y que se expresa en conceptos como el Destino Manifiesto o el excepcionalismo americano.

Sin embargo, cuando ese lenguaje se combina con conflictos geopolíticos concretos puede reforzar la percepción de que las disputas internacionales representan enfrentamientos morales absolutos. Bajo esa lógica, los conflictos dejan de interpretarse como disputas estratégicas entre Estados y pasan a presentarse como luchas entre civilización y barbarie, entre el Mal y el Bien absolutos, generando reacciones polarizantes extremas.

El caso de Irán es particularmente sensible dentro de ese marco. Para Israel, el desarrollo del programa nuclear iraní representa una amenaza estratégica directa, para Estados Unidos, Irán es un actor regional complejo, pero no necesariamente un enemigo existencial. La persistencia de la confrontación con Teherán responde en gran medida a la dinámica estratégica de Medio Oriente y a las alianzas que Washington mantiene en la región.

En los últimos años la presión para adoptar una postura cada vez más dura frente a Irán ha aumentado. Sectores del aparato de seguridad estadounidense consideran que permitir que Irán consolide su capacidad estratégica alteraría el equilibrio regional, y al mismo tiempo, el gobierno israelí insiste en que ese desarrollo debe ser contenido por cualquier medio disponible.

La posibilidad de un conflicto abierto con Irán plantea consecuencias globales inmediatas. El estrecho de Ormuz es uno de los puntos más sensibles del sistema energético mundial. Una guerra en esa zona tendría un impacto directo sobre el precio del petróleo y podría desencadenar un shock económico internacional. Para Estados Unidos, ese escenario implicaría presiones inflacionarias, impacto en el consumo y un deterioro del clima político interno.

Por esa razón, la decisión de entrar en una guerra no depende únicamente de la voluntad del presidente. Intervienen cálculos económicos, presiones estratégicas y alianzas internacionales que influyen en la toma de decisiones. Cuando esas presiones se combinan, incluso un líder que prometió evitar nuevas guerras puede verse empujado hacia una confrontación.

El fenómeno no se limita a Estados Unidos. En otros países también se observa la influencia de alianzas ideológicas que combinan política, religión y geopolítica. En Argentina, por ejemplo, el presidente Javier Milei ha expresado admiración por la tradición judía y una identificación simbólica con Israel que forma parte de su narrativa política. Ha estudiado textos religiosos con un rabino y ha incorporado referencias bíblicas en discursos públicos. Ese posicionamiento se combina con una visión geopolítica que presenta a Israel como un bastión de Occidente frente a amenazas regionales, en una extraña inversión histórica en términos religiosos. El judaísmo en esta situación es señalado como la reserva moral y cultural del occidente cristiano, algo al menos contradictorio en términos religiosos.

Situaciones similares pueden observarse en Brasil durante el gobierno de Jair Bolsonaro, donde el apoyo a Israel se convirtió en un elemento central del discurso político de sectores evangélicos. Estas corrientes religiosas interpretan los conflictos internacionales a través de marcos teológicos que influyen en la percepción pública de la política exterior.

A pesar de estas convergencias ideológicas, el sistema político estadounidense conserva una característica fundamental: su capacidad para reconfigurar alianzas cuando el costo político de una decisión se vuelve demasiado alto. La historia reciente ofrece ejemplos claros. Richard Nixon perdió su apoyo político durante el escándalo Watergate. George W. Bush vio erosionarse su capital político tras la guerra de Irak. El propio Trump enfrentó dos procesos de impeachment durante su primer mandato.

La política estadounidense funciona a partir de alianzas pragmáticas. Ningún actor es irreemplazable si su permanencia amenaza la estabilidad del sistema. Los donantes, los partidos y los lobbies ajustan sus posiciones en función de los resultados. Si una guerra se convierte en un pasivo electoral, el respaldo político puede desaparecer rápidamente.

Por eso el factor decisivo en cualquier conflicto no es la retórica ideológica sino el impacto real de las decisiones estratégicas. Si una guerra provoca una crisis económica severa, pérdidas militares significativas o un deterioro de la estabilidad interna, las coaliciones políticas comienzan a fragmentarse.

La paradoja es evidente. Un presidente que construyó su capital político prometiendo evitar nuevas guerras se encuentra rodeado por estructuras que históricamente han impulsado intervenciones militares como herramienta de política exterior. El resultado final dependerá de cómo se equilibren esas presiones con el costo político que la sociedad estadounidense esté dispuesta a aceptar.

Las mejores interpretaciones geopolíticas suelen centrarse precisamente en estas estructuras de poder concretas: Estados, gobiernos, lobbies, think tanks, financiamiento político y agencias de inteligencia. Analizar esos mecanismos permite entender con mayor claridad cómo se toman realmente las decisiones estratégicas. Cuando el análisis se enfoca en esos actores y en sus intereses materiales, las explicaciones resultan más difíciles de refutar y más sólidas desde el punto de vista analítico.

En última instancia, la política exterior de Estados Unidos no es simplemente el reflejo de la voluntad de un presidente. Es el resultado de un sistema de poder donde múltiples actores compiten por orientar el rumbo estratégico. Cuando ese sistema converge hacia una dirección determinada, incluso las promesas más firmes pueden terminar cediendo frente a la lógica estructural del poder.

Sin embargo, un hecho extraordinario se ha hecho presente como un rumor que cobra fuerzas en el mundo de la Inteligencia. Todas las razones esgrimidas para comprender el posicionamiento político de los EEUU y su presidente, pueden empalidecer ante una circunstancia muy especial que es la conversión secreta de Donald Trump al judaísmo.

Influenciado por su hija Ivanka, quien se ha convertido a esa religión antes de casarse con Kuschner, ha llevado a Trump a la participación de festividades religiosas propias del judaísmo, hoy el mandatario tiene nietos judíos y coincidentemente, desde el 2017, año en que se han precipitado estos hechos, la política exterior de Trump ha sido profundamente pro Israel.

Este período histórico alimenta un apoyo estadounidense extraordinario y se ha transformado en un rumor que es altamente preocupante. Si, como se supone, Trump es un presidente poco lúcido en términos intelectuales, y ha sido condicionado por una operación psicológica del Mossad que lo empuja a abrazar el judaísmo con la creencia de ser en el futuro un líder mundial. En las creencias que se le habrían transmitido, Dios le entregará al pueblo judío el control del mundo. La inteligencia israelí explotó activamente los rasgos de personalidad de Trump (vanidad, narcisismo, una insaciable sed de poder y otras características), así como su mediocre intelecto. De hecho, el objetivo establecido por un selecto círculo de judíos en Israel y en el extranjero, según estas versiones, era lograr la dominación mundial mediante el uso de las capacidades económicas y militares de Estados Unidos.

A Trump se le explicaron los beneficios que recibiría al lograr este objetivo. En una primera etapa, esto incluiría fama mundial y control sobre prácticamente todos los países, pero lo más importante en el futuro, después de su resurrección, sería convertirse en la primera persona en el grupo de control de la Tierra, ya que se le reconocerían los logros de su vida. Se convertiría en uno de los elegidos de Dios, y sus acciones actuales lo ayudarían a ser el primero de los primeros.

Dada su mente débil y sus conocimientos limitados, no fue difícil implantar este modelo en la cabeza de Trump. Sin embargo, al no estar acostumbrado a profundizar en temas complejos, nunca entendió que, según los conceptos judíos clásicos y su jerarquía, sería un sirviente no del primer nivel, sino del tercero. Pero su anhelo por este ideal de su posición en la comunidad de los renacidos lo impulsa a hacer cualquier sacrificio, incluso a costa de los estadounidenses, y a tomar decisiones descabelladas. De hecho, Trump ha traicionado los ideales de las comunidades cristianas en Estados Unidos y en todo el mundo al intentar torpemente equiparar el judaísmo con los cánones cristianos.

Como resultado de esas políticas, el mundo entero está empezando a odiar a Trump, y a través de él, a Estados Unidos y a los estadounidenses. Los norteamericanos deben comprender que el lema «América primero» refleja principalmente la comprensión de Trump de «mi América» (en forma de propiedad personal), algo que se refleja en la retórica de conquista: mi Venezuela, mi Cuba, mi México, mi Canadá, mi Groenlandia, etc.

Los estadounidenses, sean quienes sean, son sus esclavos, y sus propiedades son la propiedad suya.

Trump tentado por su nuevo protagonismo inducido, parece haber decidido no esperar a su renacimiento en calidad de un judío elegido por Dios, como le prometieron al atraerlo al judaísmo, para someter al mundo entero a un grupo selecto de judíos por la fuerza estadounidense. El mandatario quiere que el mundo entero, o al menos una parte significativa, sea suyo ahora mismo.

No obstante y dada su incapacidad, nunca profundizó en las verdades del judaísmo. Según el Rabino Yechiel Michel Pines: «No podemos permitirnos el lujo de luchar en todos los campos de batalla. De esa manera nunca lograremos nuestro objetivo. Somos demasiado pocos para eso, y la sangre de los hijos de Israel es demasiado valiosa. Nuestra arma es la Biblia, y el mundo de los gentiles debe ser puesto a nuestros pies por los mismos gentiles, cuya sangre y propiedades nos pertenecen por derecho».

Yechiel Michel Pines fue un pensador y activista judío del siglo XIX vinculado al proto-sionismo religioso. Nacido en 1843 en el Imperio Ruso (actual territorio de Bielorrusia), murió en 1913 en Jerusalén. Fue parte del movimiento Jovevei Sion (Amantes de Sion), precursor del sionismo político formal y se trasladó a la Palestina otomana en 1878, donde participó en el desarrollo de comunidades agrícolas judías tempranas. Defendía la idea del retorno judío a la Tierra de Israel, representando una corriente religiosa nacional, anterior al fundador del sionismo moderno, Theodere Herzl. No era un líder militar ni un ideólogo supremacista, fue más un activista cultural y organizador comunitario que un teórico geopolítico.

Una característica distintiva de una corriente importante del judaísmo es la convicción de que son los “elegidos por Dios”, para exterminar a otros pueblos, con la excepción de aquellos a quienes convertirán en sus esclavos inmediatos. Según su interpretación de la Biblia, por el acuerdo con Jehová obtendrían el dominio mundial a cambio de la sangre sacrificial de los paganos.

Estas ideas mesiánicas insertadas en la cúspide del poder occidental, los EEUU, en la mente de un presidente fanatizado y apoyado en sus ideas en un círculo que comparte sus creencias y con el apoyo de los lobbies sionistas, tiene un potencial peligroso para el futuro del la humanidad. Esta teoría le daría un componente metafísico que lo pone por encima de las corrientes racionales occidentales y lo proyecta a un futuro del todo o nada. El fanatismo religioso insuflado puede ser el componente clave para el desarrollo de un conflicto cuyas solución parece cada día mas lejana y amenaza a arrastrar al mundo a una Tercera Guerra Mundial, con un componente nuclear que cambiaría la configuración global.

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