
Por Juan Manuel de Prada
Se anuncia que León XIV podría convertirse, durante su próxima visita a España, en el primer Pontífice que pronuncie un discurso en el Congreso de los Diputados, en una sesión conjunta con los miembros del Senado. Es una suculenta y estimulante paradoja que nos aprestamos a comentar; pues el principio sobre el que se fundan los parlamentos es antípoda del principio sobre el que se funda el Papado.
El Parlamento se funda sobre el principio de que la mayoría tiene por sí misma fuerza axiológica: lo que la mayoría decide se convierte en ley y determina lo que es justo. Se trata de una aberración del pensamiento que Cicerón consideraba una necedad suprema (‘illud stultissimum’) en ‘De legibus’ (I, XV, 42); y contra la que se rebelaba furiosamente Péguy, cuando todavía militaba en las huestes socialistas: «Los muchos pueden equivocarse. Y es posible que uno solo tenga razón. La razón no depende del número. No adula a las multitudes igual que no adulaba antes a los grandes. No adula a las democracias igual que no adulaba antes a las monarquías o las oligarquías. Nosotros sabemos que ha habido en el pasado largos períodos y vastas regiones en los que la razón no residía más que en unas minorías, en singularidades. Incluso ha habido naciones en las que la razón no residía sin más».
Pero sobre esta aberración del pensamiento que convierte a la mayoría en fuente de Derecho se funda el sistema parlamentario. Para comprobar su incompatibilidad con el principio que funda el papado no tenemos más que leer el pasaje evangélico de la Confesión de Pedro. Jesús primeramente apela al sufragio universal; quiere saber si la voz del pueblo, la opinión de la multitud, lo reconoce: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Descubrimos entonces, en la respuesta de sus discípulos, que las opiniones de los hombres (a diferencia de la verdad, que es siempre una e idéntica) son múltiples y contradictorias, lindando incluso con lo estrafalario: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». La voz del pueblo, como vemos, responde con errores crasos, arbitrarios y discordantes; es un enjambre de caos y pintoresquismo. Y, como no halla la verdad recurriendo al sufragio universal, Jesús se dirige entonces a sus discípulos, al colegio apostólico: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pero… ¿qué ocurre entonces? ¡Los apóstoles callan! Un minuto antes, cuando tuvieron que exponer las delirantes opiniones humanas, hablaron todos a la vez. Ahora, cuando Jesús les pide que afirmen la verdad, callan. Puede que no estén todos completamente de acuerdo, puede que cada uno tenga ideas erróneas: puede que Felipe no entienda del todo la relación privilegiada entre Jesús y su Padre (Jn 14, 8-9), puede que Tomás tenga dudas sobre la capacidad de Jesús para vencer la muerte (Jn 20, 25), puede que Juan y Santiago no entiendan todavía en qué consiste beber del mismo cáliz que Jesús (Mc 10, 38), etcétera. Así que dejan que sea Pedro quien responda, en nombre de todos.
No es la multitud organizada en mayorías, ni siquiera el colegio apostólico, quien conoce la verdad, sino Pedro, únicamente Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Se trata de una respuesta no demasiado meditada que no le ha revelado «la carne ni la sangre», sino el Padre; y por ello Jesús declara a Pedro la piedra sobre la que edificará su Iglesia. Un solo hombre que, asistido por Dios, responde en nombre del mundo entero: he aquí el principio constitutivo de la Iglesia. Por supuesto, ese hombre podrá reunir concilios o sínodos para fijar la verdad; pero es a él a quien corresponde a la postre dar la respuesta decisiva, cada vez que se plantee la necesidad de conocer la verdad, que no depende del sufragio universal ni de un sanedrín de elegidos.
Así que la presencia de un Papa en un parlamento resulta tan incongruente como la presencia de un santo en un burdel. O incluso más, no sólo porque los diputados sean de peor índole que las piculinas, sino porque el principio sobre el que se asienta el sistema parlamentario es por completo antípoda del principio sobre el que se asienta el papado. Pero el caso es que hubo santos que predicaron en los burdeles, conscientes de que el Evangelio hay que llevarlo hasta las mismísimas puertas del infierno. Que ahora León XIV se disponga a predicar en la Carrera de San Jerónimo es una noticia gozosa y una prueba heroica que nos recuerda las hazañas de aquellos santos de la Antigüedad que, en un acto de valentía espiritual extrema, ponían en riesgo su propia reputación para predicar el Evangelio a las piculinas. Como san Vital de Gaza, que todas las noches visitaba los burdeles de Alejandría y de este modo logró que cientos de prostitutas abandonasen su oficio. O como aquel san Serapión, que se disfrazaba de hombre de mundo para entrar en el burdel donde ofrecía sus servicios Tais, una cortesana famosa en Egipto, muy celebrada por su incandescente belleza, que había conducido a infinidad de hombres a la perdición; y hablándole del juicio de Dios, san Serapión logró que Tais se convirtiera, quemase todas sus riquezas en la plaza pública y se retirase a un monasterio para vivir en penitencia, hasta alcanzar la santidad.
Del mismo modo que aquellos santos heroicos de la Antigüedad visitaban los burdeles, los Papas últimos visitan los parlamentos, poniendo en riesgo su reputación por tratar de convencer a la caterva que allí anida. El primero en hacerlo fue Juan Pablo II, quien peroró en el Parlamento Europeo en 1988 y más adelante en los parlamentos nacionales de Polonia e Italia; después proseguirían esta práctica heroica Benedicto XVI (en Westminster Hall y en el Bundestag) y Francisco, que lo hizo ante el Congreso de los Estados Unidos. Pero León XIV demuestra más arrestos que ninguno, pues aquellas patuleas parlamentarias ante las que peroraron sus predecesores, aunque descarriadas y hasta heréticas, aún mantenían la compostura; en cambio, en la carrera de San Jerónimo, donde acampa una fauna que más propiamente debería estar hozando en una pocilga, pueden montarle cualquier aquelarre, desde la pitada o la increpación a la horrenda y bamboleante exhibición mamaria. Pero tal vez compense arrostrar tales riesgos, si a cambio cualquier cashetana o yolandísima, cualquier belarra o montero deciden ponerse el parlamento por montera y amanecen convertidas en una nueva santa Tais.
