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	<title>Literatura &#8211; KontraInfo</title>
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	<title>Literatura &#8211; KontraInfo</title>
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		<title>El mayor villano &#8211; Por Juan Manuel de Prada</title>
		<link>https://kontrainfo.com/el-mayor-villano-por-juan-manuel-de-prada/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[KontraInfo]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 25 Oct 2026 04:50:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna de Juan Manuel de Prada]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<category><![CDATA[Don Quijote]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Juan Manuel de Prada Seguramente la literatura española no abunda en villanos, a diferencia de lo que ocurre en las literaturas anglosajona o francesa. No existe en las letras&#8230; ]]></description>
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<p><em><strong>Por Juan Manuel de Prada</strong></em></p>
<p>Seguramente la literatura española no abunda en villanos, a diferencia de lo que ocurre en las literaturas anglosajona o francesa. No existe en las letras españolas un monstruo de maldad como Yago o un fanático obsesivo al estilo del inspector Javert; nuestros villanos suelen más bien encarnar pecados humanos muy específicos, desde la codicia y el engaño –Celestina– a la hipocresía y la intolerancia –doña Perfecta–, desde la crueldad y el abuso de poder –el Comendador don Fernán Gómez de Guzmán– a la sensualidad reprimida y el afán de dominio –don Fermín de Pas–, pasando por la soberbia o la lujuria (donde contamos con villanos abyectos sin remisión, como don Álvaro de Ataide, y con villanos seductores y redimibles, como don Juan Tenorio). Pero si tuviera que elegir el villano más repelente de nuestra literatura y también el más ilustrativo del trágico &#8216;mal español&#8217; me quedaría sin duda con el bachiller Sansón Carrasco.</p>
<p>Reparamos, para empezar, en el nombre de este villano, que no parece elegido al azar. Sansón es el epítome de la fuerza bruta y arrogante; pero todavía más significativo resulta su apellido, pues &#8216;carrasco&#8217; es como se llama al &#8216;verdugo&#8217; en Portugal (tierra que Cervantes conoció magníficamente, como prueba en el Persiles ). En efecto, Sansón Carrasco es el verdugo del atrevido ímpetu de don Quijote; es el epítome del resentimiento español, que utiliza excusas peregrinas para revolverse contra el prójimo con una vida plena –una vida alentada por una vocación o un ideal–, que percibe como una afrenta y alimenta su deseo de venganza. Después del fracaso de su primer intento por humillar a don Quijote, disfrazado bajo el nombre de &#8216;Caballero de los Espejos&#8217;, Cervantes lo apunta con una fugaz pero indeleble pincelada, cuando Carrasco confiesa rabioso: «Pensar que yo he de volver (a mi casa) hasta haber molido a palos a Don Quijote, es pensar en lo escusado. Y no me llevará ahora a buscarle el deseo de que cobre su juicio, sino el de la venganza».</p>
<p>Siempre lo ha movido ese deseo, en realidad; Desde su primera aparición, cuando descubre a don Quijote que sus aventuras ya están empresadas y lo incita a salir una tercera vez a los caminos, no por compasión, sino para solazarse orquestando una farsa. Pero será, desde luego, después de ser derrotado por don Quijote y morder el polvo cuando Sansón Carrasco se convierta en el prototipo del resentido hispánico, que guarda su odio como una reliquia en el corazón, mientras don Quijote triunfa en sus famosas aventuras, frente a unos leones atónitos y ante unos Duques socarrones y crueles. Se ha dicho con frecuencia –siguiendo a Juan Valera y Ramiro de Maeztu– que el Quijote es el libro de la decadencia española; pero a mí más bien me parece una lección de energía, de entusiasmo, de fe (que eso, precisamente, es el quijotismo), a la vez que una elegía desgarradora ante los poderes destructores que esa magna empresa se tropieza en su andadura, encarnados en quienes tratan de escarnecer y humillar la figura del Ingenioso Hidalgo. «Bien podrán los encantadores quitarme la ventura. Pero el esfuerzo y el ánimo, eso es imposible», dirá don Quijote cuando se sienta asediado por esos poderes destructores. He aquí el lema del denuedo de un pueblo desventurado y sufridor.</p>
<p>Y, frente a ese pueblo denodado ante la adversidad, encontramos al bachiller Sansón Carrasco, como símbolo de la oposición al quijotismo animoso y esforzado, hasta que consigue descabalgar al español de su sueño. Carrasco nunca perdonó a don Quijote que su vida se guiase por un ideal; por eso le persigue como una sombra a través de su largo caminar por las tierras de España. Su reacción contra esa vida que alza el vuelo es la misma que la del pájaro enjaulado, que se despluma de ira e impotencia, al ver que su compañero de encierro ha logrado escapar. El falso &#8216;Caballero de la Media Luna&#8217; compendia la pasión más negra y torpe de la vida española; es él quien encarna la decadencia nacional y la mediocridad hispánica, siempre amargada y rencorosa. Al vencer a don Quijote, Sansón Carrasco lo obliga a recluirse en su aldea, donde morirá de melancolía, que es la manera más trágica de morirse que tienen los hombres y los pueblos. Pero, aunque ha derrotado a don Quijote en la playa de Barcelona, ​​no ha derrotado su ideal, pues no ha logrado que reniegue de Dulcinea. No olvidemos esta hermosa lección: el resentimiento podrá descabalgarnos, podrá derrotarnos, podrá recluirnos y hasta matarnos; pero, por mucho que lo intente, nunca podrá matar el ideal, que es eterno. Y, aunque nosotros muramos, otros lo heredarán, con el mismo brío, el mismo entusiasmo, la misma fe, para que rabien y desesperen nuestros verdugos.</p>
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		<title>Chesterton, sexo y propiedad &#8211; Por Juan Manuel de Prada</title>
		<link>https://kontrainfo.com/chesterton-sexo-y-propiedad-por-juan-manuel-de-prada/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[KontraInfo]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 25 Oct 2026 04:47:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna de Juan Manuel de Prada]]></category>
		<category><![CDATA[España]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Chesterton]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Manuel de Prada]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Juan Manuel de Prada En estos días en que los demagogos tratan de convertir el alquiler de una vivienda en la panacea que soluciona los males que afligen a&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-39385" src="https://kontrainfo.com/wp-content/uploads/2026/10/Gilbert_Chesterton.webp" alt="" width="748" height="421" /></p>
<p><em><strong>Por Juan Manuel de Prada</strong></em></p>
<p>En estos días en que los demagogos tratan de convertir el alquiler de una vivienda en la panacea que soluciona los males que afligen a la juventud, he recordado un clarividente artículo de Chesterton, titulado Sexo y propiedad, donde advertía que «el mismo espíritu del mal ha maldecido [estas] dos grandes fuerzas que hacían la poesía de la vida». Dos fuerzas –sexo y propiedad– que son los dos pilares sobre los que se asienta una vida digna y que se hallaron íntimamente vinculadas, «mientras la humanidad fue humana, aunque fuera pagana. Pero el hedor del paganismo decadente no era tan malo como el hedor de la cristiandad decadente».</p>
<p>Ambas fuerzas implicaban, en efecto, la participación de cada persona en un proceso creativo que, incluyéndolas, las trascendía. Pero en medio del «hedor de la cristiandad decadente» ambas han sido furiosamente adulteradas, con un propósito de ingeniería social cuyo horizonte último es lo que C. S. Lewis llamaba «abolición del hombre». Se ha proclamado –volvemos a citar a Chesterton– «una religión erótica que, a la vez, exalta la lujuria y prohíbe la fertilidad»; y, a la vez, se ha impuesto un concepto pervertido de propiedad, que se confunde con «una cosa que es inmediatamente consumida, disfrutada y gastada, algo que proporciona un placer momentáneo y desaparece». Así los dos pilares sobre los que se fundamentaba una vida digna quedan a la vez arruinados; y el hombre queda convertido en un mero consumidor desarraigado y bulímico, que busca satisfacciones inmediatas a sus apetitos y necesidades, a la vez que se resigna a una existencia errabunda, sin casa propia y sin vínculos.</p>
<p>El alquiler, que los demagogos venden a la juventud como una nueva forma de redención, no es sino el equivalente exacto a ese sexo volandero y estéril que se ha entronizado como religión erótica del capitalismo. En una sociedad que no estuviese anegada por el «hedor de la cristiandad decadente», el alquiler sería una realidad residual a la que sólo recurrirían –aparte de los turistas y los forasteros en tránsito– las personas que tienen un trabajo que las obliga a una itinerancia constante. Pues el común de los trabajadores, ligados a un trabajo que los arraiga a su tierra, no desearían alquilar una vivienda, sino gozar con su familia de un hogar propio; pues alquilar una vivienda no es otra cosa sino «consumirla», participar de un placer despojado de toda proyección de futuro. En este sentido, el alquiler &#8216;indefinido&#8217; (que es lo que los demagogos ofrecen a la juventud a la que dejan sin propiedad) se trata de un caramelito doblemente envenenado; pues a la vez que propone una vida sin arraigo auténtico pretende cronificarla.</p>
<p>El alquiler vacía la propiedad de su carácter sagrado y la degrada a mero consumo fungible; es el hábitat natural que exige la religión erótica entronizada por el capitalismo. &#8216;Movilidad laboral&#8217;, &#8216;flexibilidad residencial&#8217;, &#8216;economía colaborativa&#8217;… todos esos eufemismos aberrantes, en fin, que el capitalismo ha urdido para disfrazar la vida yerma y sin arraigo que ofrece a una juventud cretinizada a la que encima hace creer que le están ofreciendo el paraíso. El alquiler, a la postre, bajo un reclamo de supuesta emancipación, esconde un designio de esterilidad que impide edificar un legado vital. Pues la propiedad, como también señala Chesterton, construye algo permanente: el hombre que posee una huerta no sólo come los frutos de la tierra, sino que también decide quién los heredará. El alquiler impone el &#8216;turismo vital&#8217; elevado a condición metafísica: el individuo transita por la vida como un huésped eterno en un hotel impersonal. Una vida sin propiedad nunca puede ser auténtica vida comunitaria.</p>
<p>En realidad, el alquiler que los demagogos ofrecen a la juventud cretinizada no es otra cosa sino la oferta de desarraigo estructural indispensable para el engranaje del mercado globalizado: un trabajador sin propiedad es un trabajador sumiso, infinitamente móvil, dispuesto a trasladarse según las necesidades de la oferta laboral. Sentenciaba Chesterton en el artículo mencionado, con lucidísima crudeza, que «el sexo se convertirá para el esclavo en un mero placer, para que nunca pueda convertirse en un poder». Lo mismo ocurre con la vivienda. Al privar a los jóvenes de la propiedad doméstica, se los priva de su ciudadela, de su pequeño reino de resistencia frente al capitalismo. Al final, el joven, atrapado entre el sexo estéril y el alquiler perpetuo, cree ser libre porque cambia a menudo de pareja y de código postal, sin darse cuenta de que ha aceptado la condición más dócil de la servidumbre: la de no dejar ninguna huella sobre la tierra.</p>
<p>Publicado originalmente en XL Semanal</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<item>
		<title>El imposible olvido &#8211; Por Diego Chiaramoni</title>
		<link>https://kontrainfo.com/el-imposible-olvido-por-diego-chiaramoni/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[KontraInfo]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 20 Sep 2026 19:43:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna de Diego Chiaramoni]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Borges]]></category>
		<category><![CDATA[Diego Chiaramoni]]></category>
		<category><![CDATA[El Aleph]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Diego Chiaramoni A Eurídice “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-39311" src="https://kontrainfo.com/wp-content/uploads/2026/09/BorgesElAleph.webp" alt="" width="754" height="421" /></p>
<p><em><strong>Por Diego Chiaramoni</strong></em></p>
<p>A Eurídice</p>
<p><em>“La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las</em><br />
<em>carteleras de fierro de la plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios, el hecho me dolió pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se separaba</em><br />
<em>de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”.</em> Así empieza el cuento <em>El Aleph</em> de Jorge Luis Borges, uno de sus artefactos literarios plenos de belleza y precisión.<br />
¿Qué cosa es <em>El Aleph</em> de Borges? ¿Es el dominio exacto del arte de la microscopía? ¿Es el derroche de erudición de una mente-atlas? ¿Es un manifiesto sobre la imposibilidad del<br />
lenguaje frente al infinito? ¿Es una parodia del autor de la Divina Comedia al exponer el fantoche literario de Daneri como una contracción de Dante Alighieri, tal como afirma Piglia<br />
al colocar aquella sentencia en boca de uno de los personajes de Respiración Artificial? Puede ser todo ello y más, porque la literatura que toca lo eterno es inagotable. Pero no es mi<br />
propósito hacer hermenéutica literaria, dejo esos menesteres a los soliloquios del inefable Jesús Maestro, a veces tan lúcido y a veces, más denso que el mismo Carlos Argentino<br />
Daneri.</p>
<p><em>El Aleph</em> es, ante todo, la pieza lírica de un enamorado. Beatriz Viterbo, el amor de Borges, no en vano el cuento está dedicado a Estela Canto, su amor lírico, exaltado y no correspondido.</p>
<p>Beatriz Viterbo –<em>Beatrice</em> era aquella que al decir de Dante es <em>“el amor que mueve el sol y las demás estrellas”</em>-, muere en 1929 y, desde ese entonces, Borges no dejó de visitar jamás aquella casa del barrio de Constitución. <em>“Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”</em> dice una canción de nuestra música nativa, y es verdad. Borges traspone el portal de aquella casa para visitar a los deudos de la joven Beatriz, pero en rigor de verdad, es una peregrinación de amor, un nuevo viaje iniciático hacia el corazón de lo ido. Eso es la<br />
nostalgia, del griego <em>nóstos</em> (retorno, vuelta al hogar) y <em>álgos</em> (dolor). El nostálgico vuelve infructuosamente a lo irrecuperable.</p>
<p>Borges escucha –y padece- la falsa autopercepción de Daneri como escritor, sus términos cacofónicos, la repetida daga sobre la musical lengua de Cervantes. Borges acepta el<br />
purgatorio porque tiene al Edén entre ceja y ceja, el cielo bajo el nombre de Beatriz. Un día, hacia finales del mes de octubre, Carlos Argentino Daneri telefoneó a Borges. Su<br />
voz, rasgada por los signos de la tristeza y de la ira, anunciaba que por la ampliación de la Confitería de Zunino y Zungri, la casa de la calle Garay, la casa de Beatriz Viterbo sería<br />
demolida. Daneri, agitado ante la inminencia de aquella demolición y en trance de angustia, le confiesa a Borges que el polvo impío se llevaría al Aleph que moraba en el sótano del<br />
comedor de aquella casa de la calle Garay y que él, Carlos Argentino Daneri, lo necesitaba para poder terminar su inmenso poema, aquel que Borges padecía cada vez que su autor se lo leía, convencido de haber labrado una obra digna de veneración. Y… ¿Qué es un Aleph? podría preguntar el desprevenido lector que desconozca el mundo borgeano. El Aleph es un<br />
punto del espacio que contiene todos los puntos, es decir, la microscopía de la omniabarcante revelación. Borges no pudo esperar, aquel enigma azuzó su corazón y entonces salió tras él,<br />
antes que Daneri, al otro lado del teléfono, ensaye cualquier argumento prohibitivo. En aquella casona de la calle Garay, la sirvienta hizo esperar a Borges en la sala. El cuento se desgrana entonces en uno de sus pasajes más bellos:<em> “Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: &#8211; Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”.</em></p>
<p>En aquel sótano de una casona del barrio de Constitución se encontraba el Aleph. Para divisarlo en la unánime oscuridad, había que acomodar la postura corporal de un modo singular, no se podía ver el Aleph de cualquier forma: decúbito dorsal, inmóvil, acostado en el piso de baldosas, los ojos fijos en el escalón número diecinueve. Hasta aquel momento, Borges dudaba si acaso aquella no era la trampa proyectada por un loco, luego de envenenarlo con una copita de coñac. En aquella incómoda oscuridad, Borges cerró los ojos y, al abrirlos, vio el Aleph y en aquel enigmático punto, vio el universo. ¿Qué cosas contempló Borges en aquella diminuta esfera tornasolada? La belleza del texto, por momentos, parece un milagro:</p>
<blockquote><p><em>Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio…</em></p></blockquote>
<p>Y en la condensación áurea de todo aquello, en unidad y sin confusión, Borges siguió contemplando:</p>
<blockquote><p><em>[..] vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales […] vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.</em></p></blockquote>
<p>La conclusión agónica, la moraleja doliente es la siguiente: ¿cómo nombrar lo indecible? ¿cómo esclarecer la cifra ontológica de las cosas desde el barro de la palabra humana? O<br />
cómo escribe el mismo Borges: <em>“¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph que mi temerosa memoria apenas abarca?”.</em> Es que el amor mismo es inenarrable y entonces, aunque<br />
imperfecta, nos queda la literatura. El Aleph estaba allí, en una casona del barrio de Constitución, por dos motivos: 1. porque lo inefable se revela en lo diminuto, en los<br />
escombros de lo cotidiano. 2. porque esa era la casa del amor de Borges y en tal sentido, porque solo el amor puede descubrir la polisémica riqueza del universo.</p>
<p>El relato nos hiere irónicamente en sus últimas líneas: Borges prefiere callar ante lo visto, prefiere refugiarse en el olvido de lo contemplado, incluso en la posibilidad de la falsedad de<br />
aquel Aleph, tan dudosa como los rasgos de Beatriz que se iban desdibujando en su memoria. La negación de Mnemósine jamás fue salvífica. Borges arrastró a Beatriz Viterbo a la<br />
historia, la llevó consigo, como el danés Kierkegaard a Regina Olsen; no importan aquí la dialéctica ficción-realidad. En su poema <em>Everness</em>, lo rubrico él mismo, para siempre: <em>“Sólo</em><br />
<em>una cosa no hay. Es el olvido”.</em> Quizás la literatura y el amor existan para que la muerte no tenga la última palabra.</p>
<p><em>Diego Chiaramoni</em><br />
Septiembre 16 de 2026</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El más lírico de los reos &#8211; Por Diego Chiaramoni</title>
		<link>https://kontrainfo.com/el-mas-lirico-de-los-reos-por-diego-chiaramoni/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[KontraInfo]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 Jul 2026 00:39:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna de Diego Chiaramoni]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Diego Chiaramoni]]></category>
		<category><![CDATA[Enrique González Tuñón]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Güiraldes]]></category>
		<category><![CDATA[Roberto Arlt]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Diego Chiaramoni &#160; Al compañero Marcos Mele, con un vino de la casa. Mi abuelo nació en el 26, justo en el preciso momento en que la tinta indeleble&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-39175" src="https://kontrainfo.com/wp-content/uploads/2026/07/EnriqueGonzalezTunon.webp" alt="" width="748" height="421" /></p>
<p><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><strong>Por Diego Chiaramoni</strong></span></span></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i><b>Al compañero Marcos Mele, con un vino de la casa.</b></i></span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Mi abuelo nació en el 26, justo en el preciso momento en que la tinta indeleble de la literatura argentina giraba en el gozne del final de la novela rural y el inicio formal de la novela ciudadana. </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><b>Ricardo </b></span></span></span><span style="color: #202122;"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><b>Güiraldes</b></span></span></span></span> <span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">escribió quizás, uno de los más bellos y terribles epílogos de nuestras letras cuando puso en boca de Fabio Cáceres, protagonista y narrador de </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Don</i></span></span></span> <span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Segundo Sombra</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">, aquellas palabras agónicas: </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>“Me fui, como quien se desangra”</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">. De las entrañas de aquel adiós, emerge el novel </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>pneumatólogo</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> del alma porteña: </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><b>Roberto Arlt</b></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">. </span></span></span><span style="color: #202122;"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Güiraldes</span></span></span></span> <span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">y Arlt parecen dos figuras antitéticas, el hombre distinguido y el joven del barro, el purista y el escritor maldito, los cielos límpidos de Areco y la lluvia torrencial quebrando los brotes del malvón en un patio olvidado, donde se mixturan el aroma del brasero y la sopa de la pobreza. Sin embargo, fue el mismo </span></span></span><span style="color: #202122;"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Güiraldes</span></span></span></span> <span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">quien apuntaló el sueño del joven Arlt para la publicación de su primera obra. El nombre de aquella novela iba a resonar como un reflujo biliar, como un grito de la entraña arlteana: </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>La vida puerca</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">. Guiraldes aconsejó el título que luego será un sello de agua en la historia de la literatura argentina: </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>El juguete rabioso.</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> Fabio Cáceres se desangró en un poniente rural de llamas mansas y Silvio Astier asumió su destino en una cortada de Flores, habitado por sus propios fantasmas, ardiendo silente en la hoguera de sus sueños. En ese año 26, del otro lado del mundo, Martin Heidegger preparaba los manuscritos de </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Ser y tiempo</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> y entre nosotros, Jorge Luis Borges publicaba </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>El tamaño de mi esperanza</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">. Aun corría el Maldonado a cielo abierto, Carlos Gardel grababa para el sello Odeón el tango </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>El ciruja</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> y Lino Enea Spilmbergo se demoraba en la soledad de un viejo junto a su perro, mientras “cabecita de oro” Cherro rompía redes en la Boca esperando el barco de Quinquela, volviendo desde París. Nadie podía sospecharlo entonces, pero Jacobo Fijman le entregaba a Marechal los bocetos de </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Samuel Tesler</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> para su </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Adán Buenosayres</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> y en ese año 26 publicaba </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Molino rojo</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">, donde anticipaba entre sollozos, su larga reclusión entre los fríos pasillos del Hospital Borda:</span></span></span></p>
<p align="center">“<span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Se acerca Dios en pilchas de loquero</i></span></span></span></p>
<p align="center"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Y ahorca mi gañote</i></span></span></span></p>
<p align="center"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Con sus enormes manos sarmentosas;</i></span></span></span></p>
<p align="center"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Y mi canto se enrosca en el desierto.</i></span></span></span></p>
<p align="center"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>¡Piedad!</i></span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Silencioso, sutil, herido de belleza y arrabal, con su Remington cargada de historias y de sueños, </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><b>Enrique González Tuñón</b></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> glosaba tangos en la esquina de una mesa de la redacción de Crítica, el Diario de Natalio Botana. Justamente sobre él vamos a hablar en estas líneas, sobre él, sí, porque amamos los escombros al costado del camino, el principado de los olvidados, los monosílabos que también explican el discurso de la historia, aunque se enoje el bufón de Hegel. </span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Existe un mito connatural al fútbol, ese que reza: </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>“el fenómeno era el hermano”</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> para referirse al que no llegó a primera porque la vida se ensañó con él. En mi barrio, por ejemplo, se cuenta que el crack era Ramón, el mayor de los Enrique, pero quienes brillaron fueron Héctor y Carlos, el “Negro” que alzó la Copa del Mundo en el cielo del Azteca y el “Loco”, que clausuró su punta izquierda con precisión de cirujano y ojos asesinos. La imagen cabe en este caso, porque de los Tuñón, trascendió Raúl, pero el fenómeno era Enrique. Quizás suene a herejía en los corrillos de la literatura argentina, pero Enrique escribía mejor que Raúl. Sucede que la muerte, que a veces desconoce el talento, se lo llevó prematuramente una tarde de mayo del 43, justo un mes antes que el GOU le arrebatara el cetro al régimen conservador e infame de la oligarquía argentina. Diez meses antes ensayaba su vuelo postrero Roberto Arlt, cuyo féretro quedó suspendido en las calles de Buenos Aires cuando tuvieron que sacarlo por la ventana por las dimensiones del lugar. Ricardo Piglia le puso épica al mito y escribió: </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>“Ese féretro suspendido sobre Buenos Aires es una buena imagen del lugar de Arlt en la literatura argentina. Murió a los cuarenta y dos años y siempre será joven y siempre estaremos sacando su cadáver por la ventana”</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">. <a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote1sym" name="sdfootnote1anc"><sup>1</sup></a></span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Enrique González Tuñón fue </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>“el más lírico de los reos”</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> como felizmente lo definió <em>Last Reason</em> (Máximo Sáenz), porque Enrique mixturaba en tinta la sutileza del castellano bien escrito y la musa rante del suburbio. Bebamos de la copa lírica de la prosa gonzaleztuñana y luego probemos la ginebra arisca de su lunfardo. Escribe Enrique en su relato </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Viaje al fondo de una calle</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">:</span></span></span></p>
<p align="justify">“<span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Es la hora en que las estatuas abandonan su inmovilidad de piedra o bronce. La calle está oscura y solitaria. El hombre siente correr entre la ropa y su piel el lagarto del miedo. Los vagos temores andan sueltos. Duendes traviesos se ocultan en los portales y detrás de los árboles. En la vía nocturna no hay más alma que la suya. Un poco de luz es el borde de una isla a la que se llega después de haber naufragado en el miedo específico de la noche”<a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote2sym" name="sdfootnote2anc"><sup>2</sup></a></i></span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Mojando la pluma en el otro tintero, con las pilchas perfumadas con el aroma de los braseros de alcohol, desgranaba Tuñón su rosario oscuro:</span></span></span></p>
<p align="justify">“<span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Llovía a torrentes. Cada tanto, tajeaba la oscuridá del cielo un relámpago. Como si arriba también se hubieran trenzao a puñaladas…”<a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote3sym" name="sdfootnote3anc"><sup>3</sup></a></i></span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Enrique González Tuñón pertenece a esa tribu de escritores que religaron periodismo y literatura en sólido romance. César Tiempo, alma y flor del Grupo de Boedo, dijo alguna vez que con Enrique González Tuñón el arrabal se hizo dueño del centro, que </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>“la prosa municipal</i></span></span></span> <span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>y espesa”</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> de los articulistas de gacetillas, adquirió luz propia; en fin, que, con Enrique, </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>“primer exégeta culto”</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> del tango, el género comenzó a jerarquizarse. </span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">El más lírico de los reos nos regaló cientos de crónicas y artículos de prensa. En los títulos de sus nueve libros se puede auscultar la sístole y la diástole oscilante entre la literatura de alto vuelo y la musa del fango: </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Tangos </i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">(1926), </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>El alma de las cosas inanimadas</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> (1927), </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>La rueda del molino mal pintada</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> (1928), </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Apología del Hombre santo [Ricardo Guiraldes]</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> (1930), </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>El tirano. Novela sudamericana de honestas costumbres y justas liberalidades</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> (1932), </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Camas desde un peso</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> (1932), </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Las sombras y la lombriz solitaria</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> (1933), </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>El cielo está lejos</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> (1933) y </span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>La calle de los sueños perdidos</i></span></span></span><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"> (1940). En esta última obra leemos:</span></span></span></p>
<p>“<span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Hay un lugar adonde van a parar los objetos perdidos. Llaves, anillos, medallas, Cristos de plata y de bronce, cadenas, relojes, puñales, recuerdos de familia. Todo lo que se pierde y se encuentra. Menos los sueños. No hay una sección de extravíos y hallazgos para los sueños y los destinos. Un lugar, una especie de Rastro celeste, de entrecielo, donde uno pudiera hallar aquello esencial de su vida: lo único que podría darle la felicidad”.<a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote4sym" name="sdfootnote4anc"><sup>4</sup></a> </i></span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Solo un alma que perdió un sueño, o varios. puede labrar con buril preciso el tono existencial de la ausencia y del desasimiento del corazón humano. Para esos sueños perdidos, Tuñón pedía abrir una nueva calle fuera de la nomenclatura urbana:</span></span></span></p>
<p align="justify">“<span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><i>Un hombre ha perdido un sueño y no lo puede encontrar. El rastro del sueño perdido lo lleva a una puerta cerrada. ¿Qué puerta es esa? Detrás de esa puerta quizás nos aguarde el sueño. Quizás nos hallemos nosotros mismos, de rodillas, o ese hermano menor que siempre nos acompaña. Que no tiemble nuestra mano al llamar a esa puerta. Que no tiemble”. <a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote5sym" name="sdfootnote5anc"><sup>5</sup></a></i></span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Mi abuelo era del 26 y Enrique González Tuñón martilló sobre la literatura argentina con un libro publicado en el 26. Si algo me duele, o al menos me queda picando en el alma –como una “pulpo” sobre el asfalto-, es que le he fallado a los dos. Yo también tuve un sueño y llegué hasta una puerta, pero mi mano tembló al llamar… y no llamó. </span></span></span></p>
<p align="right"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR"><b>Diego Chiaramoni</b></span></span></span></p>
<p align="right"><span style="font-family: Times New Roman, serif;"><span style="font-size: medium;"><span lang="es-AR">Julio 1 de 2026</span></span></span></p>
<p><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote1anc" name="sdfootnote1sym">1</a><span lang="es-AR"> R. Piglia. Formas breves. Anagrama, Barcelona, 2000: p. 37.</span></p>
<div id="sdfootnote2">
<p class="sdfootnote"><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote2anc" name="sdfootnote2sym">2</a><span lang="es-AR"> E. González Tuñón. Viaje al fondo de una calle y otras páginas. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980: p. 78.</span></p>
</div>
<div id="sdfootnote3">
<p class="sdfootnote"><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote3anc" name="sdfootnote3sym">3</a><span lang="es-AR"> E. González Tuñón. Tangos. La Docta Ignorancia. Buenos Aires: 2019. P. 109. </span></p>
</div>
<div id="sdfootnote4">
<p class="sdfootnote"><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote4anc" name="sdfootnote4sym">4</a><span lang="es-AR"> E. González Tuñón. Viaje al fondo de una calle y otras páginas. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980: p. 71.</span></p>
</div>
<div id="sdfootnote5">
<p class="sdfootnote"><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote5anc" name="sdfootnote5sym">5</a><span lang="es-AR"> Ibídem: p. 73.</span></p>
</div>
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