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Veintitrés balas para Perón: “Estos balazos fueron para mí; me cortaron las piernas”. Por Marcelo Gullo

Por Marcelo Gullo*

La política es un juego de ajedrez y se basa en el concepto de planificación estratégica. Los servicios secretos del Ejército Argentino -en colaboración con servicios extranjeros- antes del retorno de Juan Domingo Perón concibieron la idea de fomentar organizaciones juveniles armadas que militaran dentro y fuera del peronismo, para crear un caos necesario para justificar un golpe militar contra el futuro gobierno peronista.

Tanto Fermín Chávez como Jorge Rulli afirman que el Ejército les “regaló” a los montoneros el cadáver del general Pedro Eugenio Aramburu con el que se hicieron famosos y que, con el cadáver de José Ignacio Rucci, éstos “pagaron” el favor que habían recibido en su momento. El asesinato del secretario general de la CGT tampoco fue una decisión autónoma.

José Ignacio Rucci nació en la pequeña localidad santafesina de Alcorta, el 15 de marzo de 1924. Comenzó su carrera gremial en la fábrica de cocinas “Catita” y la continuó en la siderúrgica SOMISA, de San Nicolás de los Arroyos. Derrocado Perón, en 1955, formó parte activa en la Resistencia Peronista.

En 1960, Rucci asumió la Secretaría de Prensa de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica), acompañando a Augusto Timoteo Vandor (asesinado en 1969), Paulino Niembro, Avelino Fernández y Lorenzo Miguel. Cuatro años después, fue designado interventor de la seccional San Nicolás, donde luego fue Secretario General.

En 1970, asumió la conducción nacional de la CGT. El momento en que llegó a este cargo fue particularmente trascendente, pues en las más altas esferas del gobierno se estaba decidiendo el retorno del general Perón a la Argentina. Las intrigas y maniobras que el gobierno militar de entonces intentaba para impedirlo eran tantas como intensas las presiones de todo el pueblo argentino para que el regreso se consumara.

El 6 de julio de 1972, al ser reelegido como Secretario General de la CGT, siendo la voz de los trabajadores que rechazaban tanto al liberalismo como al marxismo -ideologías importadas de subordinación- José Ignacio Rucci afirmó: “Nuestra filosofía política se denomina sencillamente peronismo y cuando hablamos de peronismo marcamos aquella línea que nos legaran nuestros mayores. En sentido nacional y rechazo a toda contaminación extranjerizante que pretenda anidarse en el espíritu de los argentinos.”

Es en ese mismo momento histórico que Rucci no se cansa de afirmar una y otra vez, en cada tribuna en la que le toca hablar que “el sentimiento nacional nace en la espada de San Martín, se agita en el poncho de Rosas y se ejecuta con la doctrina de Perón”.

José Ignacio Rucci era un hombre de una lealtad total a Juan Domingo Perón y uno de los soportes en el que se asentaba el plan del entonces presidente para recuperar al país, motorizar la economía e instaurar la justicia social. Cuentan los testigos que el viejo caudillo lo quería como a un hijo.

Para ese entonces, Rucci ya nunca dormía en un mismo lugar, ni en un domicilio fijo. Sabía perfectamente que lo estaban siguiendo y no quería ser un “blanco fácil” para los jóvenes de la pequeña burguesía universitaria que lo odiaban por su lealtad a Perón y que sabían podía convertirse en su heredero –y, por ende- en el primer obrero en dirigir los destinos del movimiento nacional, dejando su “ilustrado” socialismo fuera de la carrera del poder que anhelaban para armar una “patria socialista”, más al estilo cubano que a la prédica de Perón.

Por eso asesinaron a José Ignacio Rucci, Secretario General de la CGT, el 25 de septiembre de 1973, apenas dos días después de que Juan Domingo Perón e Isabel Perón se impusieran en la contienda electoral del 23 de septiembre de 1973, por un arrasador 62% de los votos y al borde de sellar una históricamente demorada unidad nacional con el radicalismo que obtuviera más de un 15% de los votos.

Se abría así la posibilidad de un gobierno que pretendía poner en práctica las banderas de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social, y para colmo tenía en quien apoyarse para continuar con las políticas de Estado que nunca habían podido cuajar. Paradójicamente, en el cristal de la historia, la Argentina que parecía un “polvorín”, estaba más cerca que nunca de emprender un camino de grandeza.

Nuevamente en suelo patrio el General Perón volvió a sostener, como lo había sostenido siempre, que la columna vertebral del Justicialismo era el movimiento obrero organizado y que, sin duda alguna, los trabajadores argentinos, eran el corazón del peronismo.

La pequeña burguesía universitaria, acomodada a las “ideologías de moda” y arribista en el movimiento de resistencia, minoría que jamás había pisado una fábrica ni agarrado un pico y una pala, se atrevió a descalificar, insultar y hasta enfrentar a los dirigentes obreros y a sus organizaciones gremiales que durante 18 años habían protagonizado -poniéndole el cuerpo a las balas y a la picana eléctrica- la heroica Resistencia Peronista.

Fiel a su estilo, sin aflojar, y en cuanta oportunidad tuvo, según cuenta el periodista Jorge Joury, que lo conoció y entrevistó, José Ignacio Rucci no se cansó de repetir: “Lo quieren cagar al general; no son peronistas, son zurdos que vienen a quedarse con el poder y no se lo vamos a permitir. A Perón lo vamos a defender nosotros, los obreros. El movimiento sindical, es históricamente la columna vertebral del justicialismo. Ellos no han comprendido la doctrina del general y se abrazan más al marxismo”. Una sencilla explicación que bien puede aclarar muchas confusiones contemporáneas.

La confianza que Juan Domingo Perón había depositado en el entonces Secretario General del Movimiento Obrero Organizado era enorme y por eso le había encargado la misión estratégica de organizar la Confederación de Trabajadores Latinoamericanos, una magistral jugada que era capaz de quebrar el espinazo de la dominación imperialista en América Latina.

El Secretario General de la CGT era plenamente consciente de los riesgos que corría su vida y solía repetir: “Sería una tontería decir que no me preocupa que me maten. Pero de ahí no pasa. Yo tengo una obligación que me impide poder detenerme…tampoco he sacado diploma de cobarde…tengo un solo temor: no ver las caras de mis asesinos.”

El 25 de septiembre de 1973, cuando el sol caía a plomo y marcaba el mediodía, en la calle Avellaneda 2953, en el barrio porteño de Flores, Rucci recibió 23 balazos en el cuerpo. Su asesinato había sido planificado con absoluta precisión militar. Salía de una casa donde pasaba algunas noches e iba rumbo a Canal 13 para grabar un mensaje al país tras el triunfo electoral peronista, en el que diría: “Sólo por ignorancia o por mala fe se puede apelar a la violencia, a veces rayana en lo criminal, en un clima de amplias libertades”.

La acción comando que congeló el alma de los trabajadores fue denominada “Operación Traviata” en cínica alusión a una muy popular publicidad de las galletitas de Bagley del mismo nombre, cuyo lema publicitario era: “La de los veintitrés agujeritos”. La escabrosa operación, ejecutada con la frialdad de un sicario profesional, fue descripta – con lujo de detalles – por la publicación de Montoneros, Descamisados: “Desde la vereda de enfrente, le fueron arrojadas varias granadas, de las cuales una, al menos, no habría explotado. Tras las granadas, Rucci y Ramón Rocha -un guardaespaldas que llegó con él desde San Nicolás- se parapetaron detrás de la puerta abierta del automóvil. Entre tanto, desde la casa en venta de Avellaneda 2951, a través de un agujero efectuado al cartel del primer piso, se le efectuaban los disparos que le ocasionarían la muerte”. José Ignacio Rucci tenía tan solo 49 años y era padre de dos pequeños niños.

Ese martes 25 de septiembre de 1973, el General Perón, al enterarse de que habían asesinado a José Ignacio Rucci, prorrumpió en un llanto silencioso. Se vio por primera vez al viejo general llorar en público. Aquellos 23 disparos que penetraron en el cuerpo del “petiso” Rucci, no sólo asesinaron a la mano derecha de Perón, sino que significaron para el viejo General una puñalada en el corazón. El líder del peronismo, que había vuelto a la Argentina el 20 de junio concurrió al velatorio del jefe de la CGT y confió en voz baja y entrecortada a Nélida Vaglio, la esposa de Rucci: “Me mataron a un hijo”. Y al irse le dijo a la prensa: “…estos balazos fueron para mí; me cortaron las patas”.

*Marcelo Gullo es un académico, analista y consultor en relaciones internacionales argentino. Es reconocido por ser el creador de la teoría de la insubordinación fundante.

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