El Papa, Perón y una misma visión sobre los alimentos y el derroche

Fernando del Corro *

Puede sorprender, al lector no avisado, que pueda darse este tipo de concordancias. Pero no debe olvidarse que lo que subyace a ambos es una clara definición por la herencia cristiana. De allí emanan las coincidencias que analiza el autor.

El pasado 18 de diciembre [2013], el papa Francisco envió un mensaje de salutación a los cartoneros y recicladores de basura de todo el mundo difundido por Radio Vaticano, en el que destacó la importancia de su labor afirmando que se trata de “formas dignas de trabajo a partir de su tarea ecológica y de concientizar a las personas sobre el desperdicio de alimentos”. El mensaje había sido grabado el anterior 5/12 durante una visita de miembros de la federación que aglutina a quienes desempeñan esas tareas como honrada forma de vida.

“Con la comida que se tira se podría alimentar a todas las personas que padecen hambre en el mundo”, dijo Jorge Bergoglio en un nuevo mensaje por el desperdicio de alimentos.

Y en tal sentido agregó: “Piensen cómo seguir adelante en este trabajo de reciclar lo que sobra. Pero lo que sobra es rico. Hoy en día no nos podemos dar el lujo de despreciar lo que sobra”. También a las 20.30 de un 18, pero de febrero de 1952, 61 años y diez meses antes, en términos similares se había expresado el entonces presidente argentino Juan Domingo Perón durante un mensaje radiofónico destinado a dar a conocer el nuevo plan económico puesto en marcha bajo la orientación del ministro de Economía, Alfredo Gómez Morales. En esa ocasión, en el marco de una convocatoria anticonsumista destinada a mejorar las condiciones de vida de la población, entre otras cuestiones, planteó lo indispensable de “No derrochar alimentos que llenan los cajones de basura”.

Hoy las hambrunas son sufridas por un importante porcentaje de la población mundial incluyendo la de la principal potencia militar del planeta, los Estados Unidos de América, formalmente generadora del primer Producto Interno Bruto del planeta, casi duplicando al de China, responsable del segundo PIB. Ya no afectan solamente a habitantes de zonas periféricas como era, por ejemplo, la propia China, cuando Perón lanzó su reclamo al pueblo argentino. La concentración de la riqueza y los hábitos de despilfarro se han multiplicado desde entonces en forma exponencial.

Así planteada las cosas, la convocatoria del papa argentino, viejo militante peronista, se inserta perfectamente en aquella otra del ex tres veces presidente constitucional. Convocatoria que hoy vale la pena recordar y revalorar ante la grave situación por la que atraviesa el mundo que, aunque con un menor impacto que en otras regiones, también se hace sentir en la Argentina. En aquel momento el país sufría las consecuencias de una prolongada sequía, de la conmoción que significó la Guerra de Corea y, sobre todo del Plan Marshall mediante el cual los EUA se apoderaron del mercado europeo desplazando del mismo a la Argentina como importante proveedora. Todo ello, especialmente el referido Plan Marshall, hizo que se debiera redireccionar el comercio hacia América Latina y la ex Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas con la que el gobierno de Hipólito Yrigoyen había roto relaciones al producirse la Revolución Bolchevique en 1917.

Sin embargo no existían los cartoneros, degradación contemporánea de los viejos botelleros, aquellos que pasaban con sus carros tirados por caballos y compraban a los vecinos diversos bienes que éstos acumulaban para tal fin como botellas de diverso tipo, entre ellas las de sidra, bebida muy consumida por entonces. Un capitalismo más racional hacía, por ejemplo, que las diferentes fábricas de bebidas hubiesen acordado la homogeneidad de sus envases, como particularmente había hecho la industria cervecera. Eso facilitaba la recuperación de las botellas y el abaratamiento de los costos de los productores y de los precios para los consumidores. Dado que las familias no guardan, por ejemplo, las botellas vacías y que ya no hacen falta para darlas en canje al comprar otra, salvo en casos particulares, las mismas van a parar a la basura. El sistema cambió y degradó al botellero comprador y apareció el cartonero que cumple la utilísima y no reconocida labor social del reciclaje al que dio su valor un peronista a la antigua como Bergoglio.

Algo más de seis décadas atrás, Perón, al anunciar su nuevo plan económico, dio especial importancia a un conjunto de acciones relacionadas con la acción popular mediante el adoctrinamiento en pro del ahorro y contra el consumismo y el derroche. Tareas que recayeron, fundamentalmente, en las unidades básicas de la rama femenina del peronismo liderada, hasta su muerte cinco meses después, por la primera dama, María Eva Duarte.

“En el mundo actual no es suficiente que el gobierno de los países elija métodos y tome medidas tendientes a orientar las soluciones económicas. Es menester que el pueblo participe en ellas y se empeñe en la realización de los planes trazados por el gobierno. Los fenómenos económicos actuales fruto de una cambiante, irregular y caótica situación mundial (algo que hoy se escucha cotidianamente), no requieren sistemas, sino reclaman soluciones concretas adaptadas a cada situación particular”, señaló Perón en la apertura de su discurso anunciando lo que luego se conoció como “Plan de Austeridad”.

Una línea que Perón nunca abandonó y que fue clave para la realización del Congreso de la Productividad de marzo de 1955 cuyas pautas no alcanzaron una adecuada implementación a raíz del golpe de septiembre de ese mismo año.

“Si es necesario nos desprenderemos de lo superfluo y si es indispensable nos someteremos a cualquier sacrificio”, señaló Perón aquél 18 de febrero cuando incluyera la prohibición de construir edificios suntuarios. “El restablecimiento de ese equilibro económico familiar no puede basarse únicamente en el aumento de salarios. Es menester también que, además de las medidas gubernamentales, se ajuste la economía popular y familiar”, señaló Perón quién indicó que el sector público debía ser responsable del 50 por ciento de las soluciones en tanto que al sector social le correspondía un 25 y a las familias el restante 25.

Para éstas “La regla debe ser ahorrar, no derrochar. Economizar en las compras, adquirir lo necesario, consumir lo imprescindible. No derrochar alimentos que llenan los cajones de basura. No abusar en la compra de vestuario. Efectuar las compras donde los precios son menores, como cooperativas, mutuales y proveedurías gremiales o sociales. Desechar prejuicios y concurrir a ferias y proveedurías en vez de hacerse traer las mercaderías a domicilio, a mayor precio. No ser rastacueros (alardear de lo que no se tiene) y pagar lo que le pidan, sino vigilar que no le roben, denunciando en cada caso al comerciantes inescrupuloso. Evitar gastos superfluos, aun cuando fueran a plazos. Limitar la concurrencia a hipódromos, los cabarets y salas de juegos a lo que permitan los medios, después de haber satisfecho las necesidades esenciales”, fue parte esencial de su discurso que hoy aparece en lo profundo de los dichos papales quién seguramente también coincide con aquello de que “El egoísmo ha sido y será siempre el peor azote de las comunidades y de los individuos”.

* Fernando del Corro – historiador, docente universitario y periodista.

Fuente: www.telam.com.ar – 8 de enero de 2014.

 

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