La persistencia “populista” en América Latina

En la imagen: Lenin Moreno (Ecuador), López Obrador (México), Beatriz Sánchez (Chile), Cristina Kirchner (Argentina) y Lula Da Silva (Brasil).

La persistencia de los gobiernos nacionales y populares en América Latina

Es muy interesante poder seguir los vaivenes del pensamiento de lo que se denomina la centro-derecha respecto de lo que ellos califican despectivamente como “populismo”: lo habían “enterrado” y ahora descubren “que no estaba muerto”.

Veamos la opinión de un liberal como Ignacio Fidanza sobre este tema, alertando sobre el renacer de gobiernos populares y explicitando el desafío que estos representan para “las élites bien pensantes”, que no logran establecer un proyecto que “entusiasme” a la población “a un ritmo razonable”:

La persistencia populista
Por Ignacio Fidanza* – www.lapoliticaonline.com – 16-4-17
 

La irrupción de López Obrador en México y Beatriz Sánchez en Chile, más la vigencia de Cristina Kirchner hablan de un fenómeno persistente. Los cadáveres saludables del populismo se ríen por estas horas de la muerte que les vaticinó cierta derecha apresurada. La implosión del régimen chavista no parece afectar la irrupción de una segunda ola de izquierda en Latinoamérica, que hasta ahora logró encapsular el desastre de Nicolás Maduro como una anomalía venezolana, a la que en el mejor de los casos se le destina una saludo fraternal -y distante- con alguna vaga condena al imperialismo.

Se podrá discutir si estamos ante un populismo que regresa en una versión domesticada y acaso más amable con el mercado -si esto fuera posible-, pero la evidencia de la persistencia de esa corriente política es contundente, irrumpiendo incluso en países que se suponían “a salvo” de esas expresiones.

El caso más resonante por el impacto que tendrá no ya en la región, sino en el mundo, es -no podía ser otro- México. Un revitalizado Andrés Manuel López Obrador rompió amarras con el centroizquierdista PRD y creó Morena, su instrumento electoral, personalista y más radical, que le sirvió para denunciar la “mafia del poder” o la “partidocracia”, el lugar maldito donde se unen las cúpulas del PRI, el derechista PAN y el mencionado PRD, para expoliar a México. El libreto es conocido. Lo inauguró Hugo Chávez, cuando barrió con el sistema político de Venezuela. Mucho antes, Perón hizo algo parecido, aunque distinto. El peronismo siempre fue difícil de encasillar.

Se podrá discutir si estamos ante un populismo que regresa domesticado, más amable con el mercado -si acaso fuera posible-, pero su persistencia es evidente, irrumpiendo incluso en países que se creían “a salvo” de esas expresiones. López Obrador al mando de la segunda economía de Latinoamérica, socia de Estados Unidos y Canadá, aquella donde el neoliberalismo superó todas las tormentas, promete ser un espectáculo a la altura del arribo de Trump a la Casa Blanca.

Hoy, el creador de Morena lidera las encuestas con una comodidad que no registraron sus dos intentos previos de conquistar la Silla del Águila y hasta los magos de Wall Street lo cortejan. Se ve que el populismo le sienta bien. Por el contrario, el gobierno del libremercadista Peña Nieto, se hunde en las encuestas y a nadie encandila ya con las reformas del desteñido “Pacto por México”.

En Chile, la histórica Concertación, en su fracasado remix bacheletista de la Nueva Mayoría, corre el riesgo de quedar sepultada por el Frente Amplio de la periodista Beatriz Sánchez, una suerte de Podemos transandino, que como en España, se nutre de los perdedores de la utopía del bienestar capitalista.

Es verdad que hoy el puntero en Chile es el ex presidente Sebastián Piñera, pero el fenómeno político es la irrupción del Frente Amplio que viene de conquistar la intendencia de Valparaíso -la segunda ciudad del país-. No es un tema menor. Chile es acaso uno de los países de la región donde el capitalismo de libre mercado se gestionó con mayor eficacia y alcanzó su consenso más amplio, extendiendo su primacía programática desde la socialdemócrata Concertación hasta la derecha dura de Piñera.

Ahora, esta fuerza de jóvenes, estudiantes e intelectuales de izquierda, pone en entredicho ese consenso, justo cuando la elite de Chile cree estar -finalmente- en las puertas del desarrollo. El fracaso de Bachelet no sólo permitió el regreso de Piñera, sino el surgimiento de una izquierda a la izquierda de la presidenta, que quedó a medio camino de la socialdemocracia heredada y un populismo explícito.

En Argentina, la vigencia electoral de Cristina Kirchner, hasta ahora invulnerable a la prolija exhibición de corrupción, bolsos repletos de dólares y cuentas en paraísos fiscales, también se enmarca en ese paisaje regional. La ex presidenta lidera las encuestas en la provincia de Buenos Aires para las elecciones legislativas de Octubre. No es un logro menor: Esa geografía concentra el 40 por ciento del electorado del país.

En Brasil sucede algo parecido. El presidente Temer se abrazó a una agenda ultra reformista para volver a enamorar a los mercados y sacar a Brasil de la recesión. Hasta ahora no logró el objetivo planteado. Por el contrario, su administración ya tiene índices de aprobación peores que aquellos que justificaron la destitución de Dilma Rouseff por “inviable”. Lo que obliga a preguntarse si acaso el derrumbe de la presidenta del PT no fue producto de esa misma tozudez dogmática, que hoy encuentra en Temer su segunda fase estilizada.

Una retirada que no ocurre

Así, esa nueva derecha que acaso imaginó en Macri un líder que anticipaba una ola regional, se ve forzada a convivir con un populismo que se niega a retirarse o a la autocrítica, y prefiere entretenerse recordándole a cada paso el lado flaco de su modelo. Una derecha que chocó de frente en Ecuador con el triunfo del heredero de Correa. Es decir, lo que ocurre es algo nuevo que ya no se explica con la comodidad de vaticinar un nuevo giro en el péndulo ideológico de la región, que pasa del Consenso de Washington al chavismo estatista y de ahí vuelve a la derecha.

Trump, el Brexit, el ascenso de Marine le Pen -y ahora por izquierda, de Mélechon-, ya anticipaban que las cosas no iban a ser tan simples.

No es sencillo desentrañar el futuro de un proceso que se está regenerando sobre las cenizas del fallido chavismo, bajo la bandera común de una retórica para los desencantados y excluidos de la corrección política y mediática. Sí se puede intuir que estamos ante un problema de velocidades. La propuesta de exigir una paciencia nórdica mientras se va construyendo un camino de desarrollo -hasta inclusivo, porque no- en sociedades con agudas desigualdades; es cómoda sobre todo para el que está en el lado agradable del proceso, que ahora puede disfrutar con más amplitud de la mitad que “funciona” y que se ofrece como anticipo de lo que algún día, les llegara a todos.

Es un relato de progresiones estadísticas, en el que el mediano plazo se convierte en largo y este en inalcanzable. En el mejor de los casos se detecta un avance, pero circunscripto a geografías muy delimitadas, que en su contraste, acaso favorecen la irrupción de discursos más radicales que proponen introducir algún cambio en la manera de repartir las cartas, más que quedarse a esperar una buena mano.

Y esta apelación, vale tanto para el white trash del olvidado cinturón industrial de Estados Unidos, como para los habitantes de los inmensos conurbanos de las grandes ciudades latinoamericanas, que comparten no sólo un presente desangelado, sino la oferta de una vida de resignación responsable, con rienda corta.

Estamos claro ante un desafío político. La dificultad de las elites bien pensantes, para formular y sostener proyectos que expandan su base, que entusiasmen y que incluyan, a un ritmo razonable.

Y no ayuda que frente a esta dificultad se recurra a la demonización del populismo, al atajo fácil del maniqueísmo de “ellos son peores” o simplemente “malos” -la polarización en definitiva-; que lejos de mejorar la discusión, la empobrece. Un recurso que habla más de las propias carencias que de la supuesta superioridad técnica de lo que se ofrece.


* fundador y director de La Política Online. Periodista de profesión, estudió Ciencias de la Comunicación y es abogado egresado de la UBA. Actualmente preside la Asociación de Periodismo Digital (APD).

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*