La necesidad de recuperar la historia, a 40 años de La Noche de los Lápices y 61 de la Revolución Fusiladora

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El neoliberalismo necesita subjetividades vacías de historia. La deshistorización favorece la manipulación, ya que un pueblo que desconoce su identidad, sus conquistas y sus luchas pasadas, difícilmente pueda organizarse para continuarlas. Un individuo que vive en el mero presente (“aquí y ahora” repite como un mantra el new age Mauricio Macri) también está obligado a comenzar cada lucha de cero. Como bien dijo Rodolfo Walsh: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Por eso se vuelve necesario recordar con más fuerza que nunca momentos clave de nuestra historia. Este 16 de septiembre especialmente está marcado por dos acontecimientos que muestran nítidamente cómo actúan las élites oligárquicas de nuestro país: el derrocamiento de Perón en 1955 y La Noche de los Lápices en 1976.

Para 1955 las élites argentinas no podían seguir tolerando la situación del país: el comercio exterior nacionalizado, la renta agraria usada para la industrialización, el Estatuto del Peón Rural que le otorgaba derechos inadmisibles a los eternos explotados, el pleno empleo que ayudaba a negociar mejores salarios, la redistribución de la riqueza con la mayor participación de los trabajadores en la apropiación del PBI de la historia, el desendeudamiento con la banca internacional, la nacionalización del Banco Central y los nuevos derechos conquistados por una clase social a la que siempre despreciaron.

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Para terminar con todo ese adverso panorama, entre otras acciones, bombardearon la Plaza de Mayo el 16 de junio produciendo alrededor de 300 muertos, para luego realizar otro levantamiento militar el 16 de septiembre, que incluyó esta vez la amenaza por parte de la Marina de hacer volar por los aires a la ciudad de La Plata, bombardeando el polo petroquímico de YPF. Logrado el derrocamiento de Perón, la élite económica procedió a desnacionalizar lo nacionalizado y hacer ingresar a la Argentina en 1956 al FMI y al Banco Mundial para restablecer sus lazos de sometimiento con el poder financiero internacional.

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Veinte años más tarde y tras la creciente organización popular de amplios sectores de la sociedad argentina, las élites económicas del país se decidieron a erradicar de una vez por todas la resistencia organizada a su proyecto liberal. Fue así que instalaron en 1976 la última dictadura militar genocida. Sus víctimas fueron en su mayoría trabajadores y delegados gremiales. Este 16 de septiembre se cumplen 40 años de La Noche de los Lápices, una serie de 10 secuestros en la ciudad de La Plata de estudiantes de entre 16 y 19 años de la Unión de Estudiantes Secundarios, rama estudiantil del peronismo revolucionario que luchaba por el boleto estudiantil entre otras reivindicaciones. Las órdenes de detención y secuestro fueron libradas por el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército y fueron llevadas a cabo por la Policía de la Provincia de Buenos Aires dirigida por el general Ramón Camps.

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La misma élite empresaria que impuso estos golpes militares y que usufructuó económicamente con ellos hoy accedió al gobierno por la vía de los votos (pero para continuar con el programa económico de las botas). Solo una sociedad muy desinformada de su pasado histórico pudo haberlos apoyado. Esa desinformación sistemática sobre nuestra historia fue también uno de los tristes legados de la dictadura militar, un proyecto de vaciamiento cultural que hoy es retomado y profundizado por la Alianza Cambiemos y los grupos hegemónicos de comunicación que se beneficiaron con la última dictadura. Los mismos bancos internacionales, las mismas empresas de medios, y la misma Sociedad Rural que estuvieron detrás de los golpes del ’55 y del ’76 hoy promueven activamente y festejan al actual gobierno, su gobierno.  Si el proyecto de las clases dominantes es deshistorizante, desde el campo popular se deberán redoblar los esfuerzos por recuperar nuestra identidad histórica. Los lápices deben seguir escribiendo.

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