La ciudad de Nueva York acaba de declararle la guerra a la industria petrolífera

Bill McKibben *

El concepto “acontecimiento”: hace referencia a la alteración azarosa, inesperada, singular y continua cuyos efectos modifican el sentido de lo histórico, lo social o lo político. El autor nos habla de uno de ellos. Se produce en el lugar menos pensado y sus consecuencias son impredecibles.

A lo largo de los años, la capital de la lucha contra el cambio climático ha sido Kyoto o París, lugares en los que se negociaron y firmaron acuerdos políticos simbólicos para tratar y frenar las emisiones de la Tierra de gases de invernadero. Pero ahora, la ciudad de Nueva York ha dado un salto y poniéndose en primera línea de la batalla.

El miércoles, sus autoridades, en una rueda de prensa celebrada en un vecindario que hace cinco años resultó dañado por el huracán Sandy, anunciaban que la ciudad estaba retirando su ingente fondo de pensiones de los combustibles fósiles, y añadieron, por si esto fuera poco, que estaban demandando a los cinco mayores empresas petrolíferas por daños y perjuicios. La ciudad más importante de nuestro planeta entraba en guerra con su sector más opulento. Y de la noche a la mañana, la batalla para salvar el planeta pasó de ser en gran medida política a ser en gran medida financiera.

El cambio llevaba gestándose mucho tiempo, por supuesto. La campaña de desinversión, que mi ONG, 350.org, contribuyó a lanzar, se ha convertido en la mayor de la historia en su género, habiendo logrado ya más de 6 billones de dólares en desinversión parcial o total de fondos y carteras de carbón, petróleo y gas.

El dinero inteligente ha ido fluyendo hacia las renovables; el dinero estúpido está atascado en los combustibles fósiles, aun cuando su rendimiento en los mercados haya sido malo en el último lustro. Hace sólo dos meses, el ingente fondo soberano de Noruega comenzó a desinvertir, lo que constituyó una señal estupenda: si hasta un incondicional de la industria petrolífera ha pensado que el juego se ha acabado, lo probable es que tenga razón.

Pero Nueva York es diferente, y esa es la razón por la cual su decisión señala el inicio de una verdadera retirada. Para empezar, es, por supuesto, el centro de las finanzas mundiales: se podía lanzar un pedazo de carbón desde la rueda de prensa del alcalde y acertarle a Wall Street. Sus gestores de dinero tienen una bien ganada reputación de excelencia, de modo que cuando el auditor de la ciudad, Scott Stringer, declaró que la desinversión era necesaria para proteger los ahorros destinados a la jubilación de los trabajadores municipales, daba a entender lo evidente: que los inversores que siguen la corriente pensando que Exxon todavía significa valores bursátiles de primera categoría no están haciendo los deberes.

Muchos administradores de fondos de pensiones y fideicomisarios institucionales se han negado a desinvertir porque afirman que preferirían “comprometerse” con las compañías petrolíferas y conseguir que cambiaran sus procedimientos. Pero Nueva York desmintió asimismo esos sofismas el miércoles pasado. Pese a todo el “proyecto de información sobre riesgos climáticos” y las inversiones simbólicas en renovables que promete el sector, está claro que nada está cambiando en su modelo de  negocio.

En realidad, lo han doblado en las últimas semanas, recurriendo a su influencia política para convencer a Washington de que se les debería permitir perforar en refugios de vida salvaje y ganarse el derecho a levantar plataformas de extracción a lo largo de todas las costas norteamericanas. Puede que algún día los neoyorquinos vayan al Battery [Park, popular parque en el extremo sur de la isla de Manhattan] y se queden contemplando la Estatua de la Libertad levantando su antorcha y luego, en la distancia, vean una enorme luz de perforación que resplandece de gas en el cielo nocturno.

Pero, por supuesto, cuando los neoyorquinos vayan al Battery lo que probablemente tendrían que hacer es dirigir la vista hacia abajo, al espacio que va estrechándose entre la superficie del agua y el límite del rompeolas. A fin de cuentas, ahí reside el verdadero balance.

No son viables ni Nueva York ni la mayoría de las demás grandes ciudades si el mar sigue subiendo: acabarán destruidas. Y Nueva York, para empezar, ya no lo aguanta más. Va a utilizar su considerable poder para tratar de hacer responsables a las empresas petrolíferas.

Y dentro de eso se incluye llevarlas a los tribunales. Los periodistas han hecho un trabajo espléndido en los últimos tres años poniendo la verdad al descubierto. Los periodistas han realizado una labor soberbia en los últimos tres años sacando la verdad a la luz: empresas como Exxon sabían todo lo que hay que saber sobre el cambio climático desde hace ya decenas de años.

Pero en lugar de admitirlo, lo encubrieron, financiando las campañas masivas de negacionismo que concluyeron con Donald Trump en la Casa Blanca convencido de que el cambio climático era un fraude de los chinos. Parecía una gran estrategia en ese momento, comprarle a las empresas de combustibles fósiles más años de ingresos inéditos. Pero ahora las deja expuestas a niveles de riesgo enorme, esencialmente infinito. ¿Quién no te va a demandar? ¿Quién quiere ser el tonto?

La irresponsabilidad del sector (un término más amable que el que merecen) nos ha costado un cuarto de siglo crucial, cuando podíamos haber estado actuando en esta crisis. La acción de Nueva York de este miércoles significa, por fin, que a estas empresas las van llamando a capítulo. Esperemos que no sea demasiado tarde.

* Bill McKibben – Profesor en el Middlebury College de Vermont (Estados Unidos) y cofundador de 350.org, la mayor campaña mundial de base dedicada a combatir el cambio climático.

Fuente: The Guardian, 11 de enero de 2018

 

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